LA LEYENDA DE LA UNIDAD LATINOAMERICANA

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 Hace poco caminando por la calle Florida, una de las más visitadas en la ciudad de Buenos Aires y quizás el emblema de la vieja capital soñada por oleadas migratorias que por años la hicieron la metrópoli europea en América, me encontré con una escena que muy pocos transeúntes entendían, un joven brasilero y su guitarra en medio de libros, cantando con un español “casi perfecto” algunos temas de Sandro, Soda Estéreo y Fito Páez con el ruidoso efecto que emitía su guitarra amplificada, y circundado por artefactos y libros de autores argentinos, desde el lugar donde me encontraba pude ver el Aleph de Borges y el bestiario de Cortazar entre algunos otros sopetos referentes al tango y al futbol local.

Lo que me generó curiosidad no fueron los elementos presentes en este ritual callejero, sino la forma casi sagrada con la que este individuo trataba los suvenires, como si estos objetos fueran crucifijos sagrados que llevaban consigo el libre albedrio agustiniano, razón por la cual pensé inmediatamente en el cristianismo que la sociedad del continente lleva consigo desde haces siglos y cuyo sincretismo religioso guiado por los judíos, musulmanes y uno que otro protestante ortodoxo los llevo a tener el primer papa latinoamericano.

Es curioso asimilar la imagen de un joven brasilero amante de la cultura argentina, sobre todo cuando Brasil diariamente transmite contenidos de este tipo en el mundo, basta con sintonizar algún canal local en cualquier lugar del planeta para que el país “verde amárelo” engalane el espectro espacial con sus contenidos culturales hasta hace muy poco desconocidos para el resto del continente, y en algunas ocasiones opacado por las lecturas y la vieja historia universal enseñada en nuestros claustros y olvidada en el mapa mental de docentes y libros generales de historia, que resumían muy bien la vida de Pedro el emperador y toda su corte portuguesa en la tierra del indio y el maíz.

Después de observar y escuchar por unos minutos aquel joven, me acerque a preguntarle el objeto de su hazaña semiótica, y su respuesta fue contundente “la globalización amigo, la globalización”, el joven con acento pausado y mirando mis manos, por si tal vez llevaba alguna moneda para depositar en su sombrero “gauchesco”, me pregunto ¿te gusta lo que hago?, a lo cual respondí con obviedad “si “, pero con un mar de dudas sobre el papel que un brasilero cumplía en Argentina, rodeado de elementos típicos de un país que lo veía como un extraño.

Seguramente entre países con enfoques socialistas la cultura es fundamental para el desarrollo integral pensé yo, pero porqué no lo hacía en su país, acaso Brasil no tiene una economía en cuyo seno alberga los sueños de millones de personas que la ven como una potencia mundial y como el camino de integración a la “ patria grande “, sin duda que Brasil representa intereses muy importantes para la región, no solo a nivel económico, sino también cultural, hace 10 años para no ir tan lejos nadie hablaba de la música de Chico Buarque o Caetano Veloso y su poesía cantada, y en Sociología poco se hablaba de Fernando Henrique Cardoso o Teotonio Do Santos, y ni siquiera Oswald Andrade y su manifiesto antropófago hubiese arrancado tantas vidas del suicidio en el continente entero.

Brasil y su extenso territorio que ocupa casi la tercera parte de Suramérica viene “colonizando” de una manera sutil y disimulada nuestras conciencias a través de su despotismo cultural, cuando me refiero a la palabra despotismo no lo hago en términos negativos, sino a la fuerza con la que el país despliega la integración latinoamericana a través de sus avances educativos y su desarrollo en ciencias que seguro nuestros países restringen con presupuestos limitados y con un discurso de ineficacia y poca acogida entre el público juvenil, pensar que un joven brasilero en medio de la riqueza que simboliza su país , demostraba en la casa del vecino un conocimiento por las artes y la cultura exterior, la cual tal vez no conoció en las calles porteñas, sino en las aulas de una escuela en Sao Paulo o en Rio de Janeiro, donde la universalidad del conocimiento no tiene límites políticos, o sociales, como si ocurre en otros países donde autores como Cortazar o Borges son tan desconocidos como nuestros propios próceres , los cuales quedaron encerrados en los pequeños libros de historia que año tras año pasan por manos de un ejército obediente y amaestrado para la guerra contra nuestra propia cultura, lo que Estanislao Zuleta llamaría la lucha contracultural, en la que cada uno es participe sin ningún tipo de autoconciencia, como una especie de letanía de la identidad una forma de perder el control por las cosas que nos pertenecen y a las cuales pertenecemos, lo que algunos con mucha “ maña” denominan soberanía cultural.

Mi pensamiento no deja de rondar aquel muchacho que a la distancia se mostraba como un argentino mas, pero que en realidad representaba el sueño bolivariano de integración que tantas vidas le quito a nuestros países, y que hasta el momento solo se puede evidenciar con estas imágenes callejeras de un extranjero que es capaz de profetizar fuera de su propia tierra.

Escritor: Iván Darío Palacios

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