La media sonrisa del nuevo mundo

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La crisis. La clave. ¿Cuándo empezó todo? ¿2007? Ahora qué más dará. Algo empezó a ir mal. De repente, las noticias empezaron a ser cañonazos a nuestra estima. Unas hipotecas mal planteadas en los Estados Unidos provocaron un tsunami que cambió la vida de mucha gente que jamás habría pensado que el mundo, su mundo, podría ir a peor. Millones de personas que, durante unos años de esplendor, habían creído vivir en el mejor de los mundos posibles, se encontraron de repente con que la pobreza llamaba a su puerta.

La pobreza. Los indicadores económicos en nuestro país comenzaron a caer. La tasa de paro se disparó. Quienes no podían comprometerse a pagar las hipotecas que habían firmado en años de bonanza veían ahora cómo el peligro del desahucio se hacía real. Tiempos de retraimiento, de miedo, de pavor a perder lo que parecía perdurable. Una nueva era se alumbraba entonces y hoy muchas personas se han quedado fuera de juego.

Hoy, el que todavía tiene ese vicio, lee la prensa. Algunos incluso escuchan la radio. Muchos más ven la televisión. Otros no despegan sus ojos de la pantalla para no perder comba en la Red. Así, de un tiempo a esta parte, a través de esos canales, han empezado a aparecer las medias sonrisas confiadas, las miradas tranquilas hacia el horizonte, los grupos de personas que se demuestran cariño abrazándose, tocándose, mostrándose apoyo. Aparecen programas de televisión en los que, ya sea un vidente de pelo bendecido o una presentadora de espíritu siempre jovial, se nos promete que nuestros problemas tienen solución. Se ha decretado que lo que parecía irrevocable, puede arreglarse.

Y puede hacerse poniendo buena voluntad. Apelando a los buenos sentimientos, a que todo el mundo es bueno y se merece un poquito de ayuda de nuestra parte, poniendo a los desfavorecidos delante de la pantalla para que se nos haga ese nudo en el estómago que nos empuje a ayudarles. Telemaratones con famosos recaudando alimentos, juguetes para los niños que no tienen, futbolistas visitando hospitales, recogidas de alimentos, coaches que ayudan a emprendedores a afilar su sentido empresarial, cursos en los que se nos enseña que tenemos muchas cosas buenas y que debemos mostrarlas…

Es el regreso de los buenos sentimientos. Constatado el hecho de que no hay enmiendas a la totalidad a este estado de cosas y de que lo que es, es, se ha abierto la veda a la autoayuda colectiva. Un campo que ya venía abonado con publicaciones, documentales, libros de éxito, en los que gurús de todo tipo, desde Paulo Coelho a Jorge Bucay, pasando por Eduardo Punset a Josef Ajram, nos señalan la importancia de creer en uno mismo, el triunfo de la voluntad. Que todo es posible si nos lo proponemos y que la vida es maravillosa, simplemente porque nosotros queremos que sea así. Buenos sentimientos y buena voluntad.

Necesitamos que nos escuchen, que nos levanten el ánimo, que nos ayuden, sentir que al otro lado de la línea, o detrás de la pantalla, tenemos a alguien que está pendiente de nuestras inquietudes, de lo que nos gusta, de lo que pensamos. Me gusta, lo comparto, lo retwitteo, estás muy guapa, ánimo que eres el mejor, no te preocupes que estamos contigo, piensa siempre en positivo, lucha por tus sueños. Mensajes positivos por todas partes para que no decaiga el ánimo.

Los buenos sentimientos. En tiempos de la Gran Depresión, Frank Capra triunfó con películas que apelaban a los buenos sentimientos sin cuestionar si el sistema podría ser otro. Simplemente podríamos poner algo de nuestra parte, de forma colectiva y también individual, para que los que están peor vean paliada su situación pero… eso sí, finalmente el deseo de salir de su situación ha de ser cosa de cada uno. Tengo una llamada, dice la presentadora, alguien pone el dinero para que puedas cursar ese máster… y la presentadora llora, la pobre chica desde su casa llora, el público llora. Todo es posible. Todo puede ir bien.

Es el mundo nuevo. Un mundo en el que la caridad se transforma en la alternativa posible, en el que las reivindicaciones adoptan aire de ‘ayuda al necesitado’, en el que apelamos a nuestra buena disposición, a que todo está por hacer, a que ya hemos tocado fondo para que no nos vengamos abajo del todo. La Administración, floja, podrida, corrupta, deficitaria, ya no nos puede ayudar. Empujemos desde todos los ámbitos para que nazca un nuevo mundo basado en el corazón. Un mundo nuevo para el que no sirven los que siguen mirando con el ceño fruncido y haciéndose preguntas.

Santiago Segura, en la hoy muy pasada película ‘Airbag’, encarnaba a un candidato electoral que pedía ‘gente a favor, gente que diga sí’. El mundo quiere gente a favor. No pensemos en otra cosa. Pensemos en cómo ayudar, en cómo conseguir una sonrisa, de qué manera podemos seguir tranquilos pensando que, finalmente, si no fuera por nosotros todo iría peor. Ahora mismo, salga usted al balcón, mire hacia su alrededor con esa media sonrisa de anuncio de Banco. Repita el mantra ‘yo puedo’ y mire la foto del gatito en el móvil. El nuevo mundo es suyo.

Escritor: Antonio Molina

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