Leo Strauss: una lección para leer

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Hablando con un poco de soltura, podría decirse que Leo Strauss dedicó su vida al ejercicio de la lectura. No es muy común concebir la lectura como una dedicación completa, pues antes se dirá que quien lee lo hace por gusto, por pasatiempo, o ya muy gravemente, por perder el tiempo. Sin embargo, este pensador quizá logró concebir uno de los más profundos proyectos de enseñanza y propio aprendizaje de la técnica para leer excelentemente. El rigor con el que la realizó llama apropiadamente la atención y merece ser pensado.

Para empezar, el suyo es un ejemplo de cuidado por las palabras sin par entre los pensadores que podríamos considerar contemporáneos. En sus círculos suele tenerse mucho recelo sobre lo que puede decirse en realidad sobre la verdad. Si acaso, lo único que se tiene por verdadero es que “La Verdad” es un asunto delicado del que nadie debe atreverse a hablar directamente. Pero Strauss tenía la firme convicción de que es posible que con el ejercicio de la buena lectura y la fructífera conversación, se avance en los difíciles caminos en la búsqueda de la verdad. Es más, éste es un hombre que aún viviendo en el siglo XX confió en que existía eso que los antiguos llamaron Sabiduría (y que los modernos llamaron ‘ingenuidad’).

El tratamiento de sus convicciones fue tan sincero que es común hallar en el resultado de su trabajo las mismas cosas que a él le parecían tan importantes: cuando anuncia, por ejemplo, que el autor que está estudiando seguramente se habrá cuidado del orden en el que dice las cosas, uno puede constatar en los escritos straussianos el mismo énfasis en el orden con el que nos lo expresa. ¿Y qué beneficio podríamos encontrar nosotros en estas cosas que suenan tan anticuadas? Uno sería, para nada desdeñable, que sólo quien tiene buenos motivos para creer que es posible la sabiduría podría llegar a ella. De este modo Strauss propone que un buen lector aprende de lo que sea que lea, en buena medida porque confía en la posibilidad del aprendizaje.

Esta es una razón de peso para intentar comprender la perspectiva desde la que Strauss enseña a leer. La duda que él sugiere termina por invitarnos a examinar detenidamente su enseñanza. Ella es, en pocas palabras, que es propio del buen lector confiar en que el escritor es capaz de enseñarle algo valioso. Dicho negativamente: nadie aprende nada de quien considera inferior. Desde la perspectiva de Strauss, todo autor digno de reflexión debe tratarse como si cada una de sus palabras hubiera sido elegida para estar exactamente donde está, y como si cada significado oculto entre las líneas hubiera sido determinado concienzudamente para estimular al observador atento a encontrarlo. Si en realidad el autor pensó o no en todas estas posibilidades, es lo menos importante; lo crítico es siempre asumir qué significaría que sí lo hubiera hecho.

El ánimo historiador seguramente habrá dado un vuelco con este prospecto: ¿cómo es posible que aceptemos que un autor tuvo la intención de afirmar algo sin antes asegurarnos de que, en efecto, hay evidencias de que así fue? Hay quienes dicen, por ejemplo, que la última frase del Hipias Mayor de Platón fue pensada con toda la intención de resaltar la belleza que hay en el hecho de que sea tan difícil el estudio mismo de la belleza, y que la puso al final deliberadamente para que resaltara. Pero, ¿cómo saber si el diálogo no lo llevó a ese final casualmente? Parece necio querer sustentar asunciones semejantes, pues es imposible tener certeza suficiente. Si uno dice que pretende encontrar la verdad y después afirma en aparentes desvaríos que todo autor es perfecto en todo lo que escribió, la situación se vuelve por demás ridícula.

Así lo parece, y sin embargo, el punto clave de la enseñanza de Strauss es qué es lo que se quiere descubrir en la reflexión. La finalidad de la buena lectura es lo que aprendemos nosotros, no lo que sabía el escritor. Esto no necesariamente se encuentra en la vida del autor. Por supuesto, podemos aprender mucho del contexto de una obra; pero lo más valioso del escrito está en lo que entendemos, nos ayudemos de dicho contexto o no. Strauss apoya esta vía por un motivo sencillo: al aprender, los beneficiados somos nosotros, no el autor del que nutrimos nuestra reflexión –a Platón no le importa qué pensemos de él desde hace más de 2300 años–. El hecho es que son dos conocimientos distintos: uno, el que tenemos de quien escribió (que serían los detalles históricos sobre la obra), y el otro, muy diferente y preferible para la lectura que enseña Strauss, lo que el escritor afirma o sugiere y que a nosotros nos parece por alguna razón verdadero. Así pues, debemos imaginar incluso si no es el caso, que el autor que leemos es mucho mejor que nosotros para escribir y que pensó cautelosamente cada detalle de lo que nos comunica, porque en ese trabajo nosotros mismos estamos obligándonos a un escrutinio digno de los más severos jueces. Nos mejoramos como lectores. Cuando concedemos a la lectura esa importancia, el cuidado por los detalles puede ayudarnos a formar una opinión mejor y más sólida sobre lo que creemos, además de aclarar nuestros pensamientos sobre lo que más nos interesa; es decir, ésta es una manera de leer que garantiza que estemos siempre al pendiente de nuestros propios prejuicios.

Finalmente, este atisbo de sabiduría straussiana tiene mucho de saludable: si resulta falso nuestro altísimo criterio sobre un autor, de todas formas no perdimos nada y ganamos herramientas para expresar con mayor lucidez por qué pensamos que dicha persona no tiene la razón. Y el otro lado resulta mucho más provechoso: si acertamos al tratar al escritor como a un gran maestro, entonces habremos sido plenamente afortunados por encontrar a alguien del que mucho se puede aprender y que, de lo contrario, habría pasado desapercibido vertiendo en vano sus enseñanzas sobre nosotros.

Escritor: Alberto Cortés.

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