Literatura versus trivialidad: un combate que se puede ganar.

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Hace poco fui interrogado acerca de por qué a los muchachos, especialmente adolescentes entre 12 y 15 años, les seducía el material que ha aparecido en las nuevas propuestas televisivas y pseudo -literarias (por darles algún rótulo, pues distan mucho de ser literarias), cargadas de violencia, dinero fácil y el poder conseguido mediante la fuerza, mientras se alejaban, cada vez más, de las propuestas literarias clásicas o de aquellas con alto contenido cultural. La respuesta, más que una reacción, se convirtió en toda una reflexión en torno a la forma en que se están ofreciendo los productos intelectuales a los estudiantes.

Vale la pena destacar dos aspectos relevantes al momento de ofrecer una respuesta medianamente satisfactoria: primero, el bombardeo mediático al cual están sometidos nuestros jóvenes, presenta una clara intención económica; de hecho, es la única. Atrás quedaron los propósitos altruistas en pos de una televisión que enfocará sus esfuerzos en el beneficio social. En el caso colombiano, programas como El pasado en presente, Yo sé quién sabe lo que usted no sabe o Naturalia, bastiones de la cultura y los cuales permitían la congregación familiar en torno a una actividad lúdico – educativa, desaparecieron por el apuro de las cadenas, la competencia y la visión unívoca del dinero, para dar paso a programas de contenido ligero, que hacen uso de los instintos básicos del ser humano como lo son el sexo y la violencia, imanes infalibles en el afán de lucro. Lo anterior, aunado a una trama sencilla, previsible, es la estrategia que genera riqueza por un lado y trivialidad informativa por el otro. Lastimosamente el lado en el que la trivialidad hace mella es el de nuestros jóvenes, quienes caen, de manera hipnótica, en esa maraña trivial de información.

Como segundo aspecto está la contraparte. Es curioso cómo el mundo de la academia, en ocasiones, se convierte en el mayor obstáculo para el acceso de los jóvenes a propuestas intelectualmente altas, ricas en contenido y estructura, cargadas de información útil y con un alto componente reflexivo. En este caso, la venta que se hace de estas propuestas intelectuales es de muy baja calidad. En los colegios se cuenta con un plan trazado por los adultos y solo se otorga el plan a trabajar, la lista de textos jamás pasa por un debate con el estudiantado, mostrando las bondades de los productos. Los textos son una imposición, una camisa de fuerza que sin siquiera ser vista, genera repudio en una parte importante del grupo de estudiantes que trabajarán con ellos a lo largo del año. Resulta decisivo entonces el cómo ofrecer el texto literario de una forma innovadora, significativa, práctica y amena a esas jóvenes mentes que se ven forzadas a recibir dicha información. Acá el problema es mayor: cientos de docentes que tienen en sus manos la posibilidad de incentivar el amor a las letras, terminan reforzando la apatía de su estudiantado con estrategias repetitivas, recalcitrantes, carentes de innovación. Discursos eternos acerca de tiempo y espacio, personajes principales y secundarios, técnicas revaluadas que aún forman parte de su labor cotidiana las cuales no hacen más que inclinar la balanza hacia el otro lado, el de la trivialidad. En términos futbolísticos se podría aseverar que los docentes nos hacemos un autogol por clase.

Si nuestros jóvenes supieran la riqueza que subyace en las grandes obras literarias, y no me refiero solo a las clásicas, también hago referencia a las nuevas propuestas, porque no todo lo que aparece actualmente es trivial o superfluo, se sorprenderían de manera grata. Tanto los clásicos como los textos posmodernos, pues estos últimos también cuenta con propuestas de calidad, que si bien no resuenan universalmente, traen consigo aportes originales, que contribuyen a la introyección, al ejercicio literario, están cargados de crítica social, de cuestionamientos al ser humano, de realidades tan similares a las que ellos viven, que fácilmente podrían identificarse con los personajes, con su pensamiento y podrían, inclusive, prever las consecuencias de actos sin previsión. En otras palabras, encontrarían en la literatura una posibilidad de aporte a su vida, haciéndola parte de su cotidianidad y reconociendo en ella un aporte valioso a su vida diaria.

No es utópico pensar que puede hacerse. Desprender a los jóvenes de la trivialidad que los medios ofrecen y direccionarlos hacia el texto literario es viable, si se replantean las estrategias trabajadas hasta el momento. De hecho, la proliferación de los medios audiovisuales y del fácil acceso a estos, por parte de los jóvenes y de los docentes, ofrece un punto de partida para orientar el trabajo de los muchachos, más allá del ejercicio escrito, plagiado en muchas ocasiones, de la exposición convencional.

La academia está en deuda con los muchachos que le entregan sus vidas con el ánimo de conseguir orientación para encausar su futuro. El ver cómo se alejan de la literatura para enajenarse con información basura, enmascarada en formatos seductores, es una prueba de ello, por lo cual es necesario, desde las diferentes posiciones que la escuela asume, brindar alternativas a esos jóvenes ávidos de conocimiento y de orientación. Cuán útiles resultan los profesores, de todo tipo de asignaturas, que se consagran a sus muchachos, qué útiles resultan los espacios académicos que propenden por hacer de la academia algo realmente útil y no solo un requisito social. De lograr cautivar a los jóvenes y enamorarlos de las letras y de las artes en general, se dará base a una sociedad menos narcotizada, se romperá el estándar de la estética burda, cargada de materialismo, para dar paso a una con un espíritu liberador, amante de lo realmente bello y trascendente. Es viable, se puede hacer un aporte real a la sociedad y ganarle la batalla a la ridiculez.

Escritor:  Alexander Cano Henao.

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