Lo cíclico en la oralidad y la escritura

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Desde la antigüedad el hombre, como parte de su evolución y en respuesta a su racionalidad, ha intentado mantener en su memoria colectiva todo aquello que desde su experiencia y abstracción de la realidad, le significa un nivel de pensamiento superior y por tanto lo representa. En consecuencia éste se ha valido de diferentes instrumentos para conseguir tal fin; con la llegada al punto máximo del perfeccionamiento de “la aptitud para fijar el pensamiento mediante símbolos materiales” y con el surgimiento, a su vez, de la necesidad de crear sistemas para convertir dicha facultad en elementos de recordación permanentes. En respuesta a lo anterior y con el desarrollo y mejoramiento de tal habilidad, el individuo crea diferentes tipos de signos que le permiten responder a las necesidades de la memoria social, por tanto, “el grafismo se inicia con la representación de lo abstracto” el cual supera el simple acto de comunicación en símbolos sonoros.

Una vez sobrepasada esa dimensión establecida por la necesidad y con la evolución misma de esas formas de representación, aparece la escritura; como mediador entre lo efímero y fugaz de la naturaleza de la oralidad. Pero lo que realmente ocupa estas líneas es hacer notar que la construcción de las realidades e imaginarios sociales construidos a partir de tal herencia tienen un sentido cíclico en las sociedades, tanto de tradición oral como de tradición escrita y que se mueven desde ambas posibilidades y que ambas fluyen para tal fin. Aunque desde las políticas de estado, traducidas en estándares, están supeditadas a ciertos criterios y márgenes de acción.

En las sociedades modernas preferiblemente latinoamericanas aún se mantiene la oralidad como eje de transmisión cultural pese a la introducción abrupta e impositiva de la escritura desde otras lenguas y continentes. Asimismo la adaptación entre ambas ha generado nuevas formas de transferencia cultural y hoy día es posible hablar de “oralidad escrita” y economía de la escritura en diferentes ambientes, por tanto la significación a partir de esas directrices se modifica notablemente. Luego es posible hallar marcas de la oralidad en los textos de comunidades apenas inmersas en la cultura letrada y del mismo modo, fenómenos como la supresión de letras en las palabras y conectadores, así como la inserción de elementos gráficos que los remplacen a la hora de producir textos en ambientes informales de comunicación, los cuales pueden ser traducidos como tendencias que, desde la academia y desde la elite social, configuran a los actores de dichos discursos como inferiores dentro de sus sociedades. De esta manera el tema de la escritura, inmerso en la educación, habrá de obedecer también a órdenes políticos.

En un país como Colombia, de multiplicidad y amplia variedad cultural, étnica y social, el tema de la escritura y la oralidad al estar inmerso en una diversidad lingüística, se ve notablemente permeado por una vasta y extensa producción textual coherente con todos los contextos en los cuales se desarrolla y ésta, pobremente reconocida desde la legislación nacional, simplemente trata de ajustarse a todo aquello que se pueda proponer desde el español. Esto también puede ser leído como un acto “intencional” de aislamiento, ya que el tema del alfabetismo desde esta perspectiva se torna en limitante de una construcción de tradición cultural propia, incluyente y participativa; como lo estima Zavala: Esto “revela además un conjunto de clásicas estrategias de poder que excluyen a un amplio sector de la población para beneficiar a una elite minoritaria y siempre letrada”.

De esta manera es posible evidenciar el andar cíclico de la escritura y su retorno a la oralidad siempre vinculante de los sujetos, a la transmisión cultural desde el voz a voz y el hermetismo ante representaciones simbólicas concretas y el regreso al grafismo. En las culturas de tradición oral como la nuestra es visible este fenómeno ya que ante la resistencia que desde lo político y cultural se ejercen medios de control como este para evitar la hegemonización del ambiente ilustrado por parte de los las elites de poder y los dirigentes politicos.

Escritor: Iván Darío Espitia hoyos

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