Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes, una novela para leer y recordar…

Los santos inocentes de Miguel Delibes es una novela contemporánea que aborda la vida de campo, el contraste social entre ricos y pobres, a través de la superficialidad de los primeros y la marginalidad de estos últimos. Si bien es cierto, se le ha clasificado usando calificativos como “drama rural”, por ejemplo, formalmente pertenece al género narrativo, área en la que el registro de habla desempeña una función clave, pues vemos en ella el uso del lenguaje, en sus diferentes manifestaciones.

Por una parte, se encuentra el relato del narrador, quien a través del estilo indirecto libre, permite de una manera muy original, la participación directa del diálogo de los personajes otorgándole una mayor credibilidad a la historia: “A su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías, y le regañaba, y él, entonces regresaba a la Jara, donde el señorito, que a su hermana, le contrariaba la actitud del Azarías, porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que luego no te sirven, ni para finos, ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal…” (Delibes, Miguel: Los Santos Inocentes, Editorial Millenium-1999, página 11).

De esta manera, es posible advertir que no se trata del uso común del estilo indirecto libre, sino más bien, encontramos acá el empleo de una forma vanguardista, que invita al lector a adentrarse en una historia en donde el narrador relata como si se tratara de una conversación cotidiana, luego del almuerzo o de alguna improvisada tertulia literaria en la que, hallamos exposición de hechos y de perspectivas, aprendiendo así a conocer el carácter de los personajes: la Régula y sus directrices de vida, la sumisión del Azarías, el “señorito” y la Jara.

En cuanto a la temática y el tratamiento de esta, la genialidad del escritor radica en que de una manera sencilla y sin tomar partido, es capaz de transmitirnos un relato en el que se despierta nuestra sed de justicia: el Azarías, buscaba la Jara como un refugio ante el control de la dominante hermana, allí, junto al “señorito” se sentía libre para hacer lo que realmente deseaba: estar con su milana: “yo no quiero que se escape la milana, Régula (…) y el Azarías, poniendo en sus palabras toda la unción, todo el amor del que era capaz, decía, milana bonita, milana bonita.” (Op. Cit, pág. 48). La simpleza de este hombre, nos enternece el corazón, pues a pesar de sus rústicas costumbres, hasta el extremo de caer en lo desagradable, como el orinarse las manos, para evitar que se agrieten con el frío, aplicaba la sabia premisa de alejarse de los conflictos, sin molestar a nadie.

Esto, en contrate con la fría e insensible actitud del hacendado quien al encontrarse con un “obstáculo” que impide sus ansias de obtener la victoria en una competencia de caza, se expresa de la siguiente forma de su abnegado ayudante: “¿qué te pasa ahora, Paco, coño? Ya es mucha marioneta esto, ¿no te parece?, pero Paco, el Bajo, insistía desde el suelo, la pierna, señorito, se ha vuelto a tronzar el hueso, y los juramentos del señorito Iván se oían en Cordovilla, ¿es que no puedes menearte? Intenta, al menos ponerte en pie, hombre.” (Op.Cit. página 78).

Esta misma situación desencadenará el funesto final del relato, pues vemos a ambos personajes, Iván y Azarías, involucrados en la acción narrativa. Paco, imposibilitado en su faena de guía, recomienda a su hijo, el Quirce, para su reemplazo, señorito Iván reclama: “No me gusta, vaya, te voy a ser franco, Paco, parece como si le hiciese a uno un favor, ¿comprendes? (…) de no estar a gusto en el campo prefiero quedarme en casa”. (Op.Cit, página 87) y añade más adelante “Y qué me dices de tu cuñado, ese retrasado, el de la granja…”

Y es en este momento preciso, en el que se cruzan los destinos de ambos personajes de manera definitiva, pues nuestro querido Azarías, como santo inocente, exclama: “¿Con la milana?”… y acepta, dándole así curso, al devenir de acontecimientos que se desencadenarán, en el epílogo denominado con justa razón: “El crimen”. Los Santos Inocentes es, sin lugar a dudas, una novela para leer y recordar, ya que en sus 7 libros, emociona y cautiva, obligándonos a buscar una respuesta para el eterno conflicto entre clases sociales, más allá, incluso de nuestro propio sentido de justicia, a replantearnos la idea que manejamos del “bien” y del “mal” y a ser honestos y reconocer que somos -personajes y personas-, simples actores de este enorme escenario al que llamamos vida.

Escritor: Constanza González Morales

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