MADIBA

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A lo largo de la vida hacemos balances, pensamos en qué cosas repetiríamos y cuáles no. Los más gratos momentos para recordar, son aquellos que uno repetiría. Entonces se va llenando la mente de memorias que te arrancan una sonrisa y si sonríes es porque esas experiencias evocadas las repetirías. Algunos pensarían que los recuerdos que más sonrisas les traen, son aquellos donde se divirtieron, donde estuvo fácil o donde sencillamente todo se dio. Haciendo el ejercicio, curiosamente empiezas a notar que los recuerdos que mayor satisfacción te provocan, son aquellos donde la dificultad imperó, recuerdas momentos que te exigieron esfuerzo, momentos donde tu férrea voluntad venció o simplemente era tan difícil lograrlo, que la única explicación para obtener una victoria fue un milagro. Entonces sonríes, sonríes lleno de gratitud con tu vida, contigo y por qué no, con Dios.

Son entonces las dificultades maestras de nuestra vida, son las gestoras del milagro, de lo imposible, pero son sobre todo forjadoras de la voluntad. Pensar que los recuerdos felices nos han construido puede estar dejando sin mérito a la dificultad, desde luego, que somos la suma de todo, pero siempre nos hace grandes vencer sobre lo que pensábamos imposible. La grandeza paradójicamente se sublima en una fuerza interna, a medida que se convierte en el triunfo de tu voluntad y te hace incorruptible.

Conoces entonces tu valor, reconoces tu fuerza y tus ideales construyen el velero de navegación donde no solo lanzas las velas de tu libertad sino de quienes amamos y en lo que creemos. Ya no navegamos para nosotros, que sería mezquino, sino que nos convertiremos en hombres universales, hombres que pueden convocar a toda una nación a confiar en el mismo sueño. Un sueño que curiosamente empezará a medida que despertemos y alimentemos nuestra conciencia con la realidad, con la capacidad de amar y perdonar. Pero para que un sueño crezca, perdure y no muera debes forjar tu voluntad.

Estas meditaciones han nacido de todo el despliegue que han hecho los medios durante el sepelio de Nelson Mandela. Mostraban al líder, mostraban la capacidad de reconciliar una nación donde la desigualdad imperaba y la barbarie no cesaba. He visto en los reportajes a un “Hombre” un hombre incorruptible, un hombre que no cedió ante los asedios que hicieron otros líderes para que abandonara el velero en el que El se había propuesto navegar. Primero intentaron quebrar su voluntad arrebatando su más preciado bien, la libertad. Luego ofrecían bien estar y condiciones privilegiadas que solo tenían los blancos en Sudáfrica.

Sin embargo, Nelson Mandela conocía su poder, pues yacía dentro de El, sabía hasta dónde podía llegar para no traicionar su sueño. Fueron necesarios 27 años para conocer la firmeza inquebrantable de un líder que anclado en su voluntad veía a su nación como una nación donde cabían negros y blancos, donde los privilegios debían ser para todos y donde todos tendrían los derechos y los deberes para construir una nación.

Tal es la naturaleza de los líderes que sueño para mi país. Espero que con toda la publicidad que se hace a un hombre como Nelson Mandela, muchos logren comprender la esencia de su fuerza. Deseo también que nuestros dirigentes puedan tomar el ejemplo de Sudáfrica en el proceso que los llevó a la reconciliación. Que sus ideas sean tomadas por otras naciones como camino a la reconciliación. Nosotros particularmente estamos urgidos de establecer acuerdos donde el mérito sea para la nación, donde los intereses mezquinos de la individualidad sean cambiados por las banderas de la reconciliación.

Estas meditaciones han sido provocadas por la reciente muerte y sepelio de un hombre sencillo, noble y así mismo grande. Madiba como le llamaban cariñosamente en su país, muere el pasado 5 de diciembre en Johannesburgo a los 95 años. Me atrevo a pensar que muere el hombre y nace la leyenda, una leyenda que tendrá sobredosis de realidad. Paz en tu tumba Madiba.

Autor: Eneida Quiñonez González

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