MEMORIA, RECUERDO Y REALIDAD

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Las preguntas acerca de cómo el ser humano conoce, interpreta y representa el mundo han sido una constante a lo largo de la historia. Sin embargo, a pesar de los grandes avances, se requiere de mayor investigación para entender los aspectos concernientes a la condición humana. Los recientes descubrimientos científicos dan nuevas luces, a la vez que reabren la discusión en torno al dilema de la relación entre lo cultural y lo biológico. Precisamente, con el propósito de superar esta disyuntiva nace la propuesta de las Biohumanidades, cuya misión es integrar los estudios de las ciencias humanas con las biológicas para tratar temas de interés común. El presente trabajo es un intento por aplicar este enfoque metodológico en dirección a la percepción de la realidad y la memoria.

Si bien estudiar la mente humana resulta complejo, no lo es menos entender el sistema nervioso y el cómo se generan tan diversas manifestaciones que responden a la realidad perceptible. Al pertenecer a la misma especie partimos de un proceso común: la información se registra de acuerdo a patrones inherentes al ser humano (innatos) y se acumula de acuerdo a los que son producto de la experiencia (adquiridos). Sin embargo, el resultado es variable porque, favorecidos por el azar evolutivo, contamos con un desarrollo complejo de conciencia, lenguaje y memoria lo cual conduce a la diversidad en las formas de conocer, estructurar e interpretar el mundo.

Uno de los aspectos más importantes que definen nuestra condición humana es la capacidad para acumular y trasmitir experiencia, en lo cual juega un papel fundamental la memoria. Los avances científicos, especialmente de la neurociencia, permiten entender más acerca de cómo es posible almacenar y recordar la experiencia. El neurólogo, Nolasc Acarín, en su libro El cerebro del rey, lo sintetiza en estos términos: “La memoria, como el habla, el deseo o el sentimiento de dolor, es un producto mental del cerebro que permite registrar experiencias nuevas y recordar las pasadas”. En sí, se trata de un proceso interno neuronal mediante el cual la información se registra, se almacena en lugares determinados de la corteza cerebral y se codifica “en espera” de nuevos estímulos. Lo anterior, podría reducirse a este esquema: Recepción y registro è codificación y afianzamiento de la información è memoria.

En cualquiera de los casos, ya sea para recordar (o reconocer) un sentimiento, un color, un olor, un nombre, o un texto, se precisa tanto del establecimiento de contactos entre conjuntos de neuronas como de la consolidación de los estímulos. Es decir, el recuerdo depende no sólo de la reacción de las neuronas sino de que los vínculos se mantengan, más o menos estables. Por otro lado, no todos los estímulos quedan registrados y codificados. El que se memorice, o no, depende de la atención, interés y contenido emocional del momento; sólo así la información llega al banco de la memoria y se almacena para la posterior evocación.

Entonces, lo que registramos es la parte seleccionada de lo percibido. Este principio de selección llega a ser muy claro cuando, al vivir un mismo acontecimiento, dos o más personas cuentan versiones diferentes, incluso opuestas, del mismo suceso porque la información se filtra de manera diferente en cada individuo y depende de los grupos de neuronas que entran en conexión, según las experiencias y la historia neuronal personal. Lo anterior obedece a que:

La memoria hace su propia versión de los hechos, evocando el recuerdo una y otra vez, perdiendo ingredientes y añadiéndole otros que consideramos reales pero que son fruto de nuestra imaginación y que entran bien, con cierta coherencia, en el relato, que al final no es otra cosa que nuestra versión personal de la realidad, con poca o nula objetividad.

Por lo tanto, no percibimos la realidad objetiva; lo que percibimos y evocamos de la realidad es una parte de ella, la seleccionada y aquella sujeta al constructo de cada sujeto. La idea acerca de la falta de objetividad en la percepción de la realidad y su relación con la memoria, también es tratada por Bergson. En su libro Memoria y vida, el filósofo señala que no percibimos la realidad tal como es, no sólo porque hay una selección de lo que entra sino también de la que proviene de adentro, pues los recuerdos ejercen un impulso desde el inconsciente, aunque sólo pasan aquellos que pueden ser útiles para el presente.

Para Bergson la idea de vida (o realidad) y memoria se encadenan en cuanto se definen en relación al tiempo, es decir, como cambios sucesivos (en los estados, en las formas) determinados en función de la duración y la manera como trascurre el tiempo. El momento presente no reemplaza al pasado ni éste al futuro sino, más bien, se trata de cambios en el acontecer. En sí, la vida sería una serie continua de cambios en la creación de estados y de formas que suceden a otras formas que quedan contenidos en la memoria.

La vida es memoria y, para el autor, son procesos que se continúan en el tiempo. A partir de esa idea, enmarca al recuerdo como una serie interrumpida de secuencias, de memorias propias a lo que existe (vida). Según ello, la secuencia se daría en esta línea: Percepción bruta recuerdo  idea. La sensación se vuelve recuerdo y, al recordar la idea, lo que se produce es un retorno a la percepción. Podemos decir, entonces, que el recuerdo sería la evocación del pasado, de ese pasado percibido, seleccionado e impulsado desde el presente. Un pasado que se reúne con nuestro presente, el cual, en el mismo momento de su actualización es ya pasado, es decir, recuerdo.

BIBLIOGRAFÍA

• BERGSON Henri, Memoria y vida, Madrid: Alianza, 2004.

• NOLASC Acarín, El cerebro del rey, Barcelona: Pérez Galdós, 2003.

Escritor: Anna Dolores García Collino

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