Memorias tristes de Londres

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¿Sabéis que se siente cuando se sube por una salida de metro y miráis hacia todas las direcciones y no tenéis ni la más remota idea de dónde estáis? Algo así, como cuando ante un cruce de caminos os quedáis observando todas las posibilidades con la mirada perdida y la sensación de que optéis por lo que optéis os vais a equivocar. No sé si a eso es a lo que se llama tocar fondo, pero debe acercarse mucho. No quiero preocuparos, pero quiero que compartáis conmigo el punto en el que me encuentro.

Me encuentro en “ese” día, en el cual no sé muy bien qué hago en Londres, no se hacia dónde dirigir mis pasos y no encuentro las personas que me hagan el camino más llevadero. No he olvidado que lo importante no es hacia donde nos lleva el camino, sino el camino en sí mismo; por eso mismo, necesito encontrar los guisantes que marquen un poco el camino, porque me encuentro muy perdido.

Cuando levantas un muro, sabes que es algo que terminará por caer; algún día con el peso de los sentimientos, termina dejándote cara a cara con lo que eres. El problema es cuando lo que refleja es algo que no quieres ver; ¿qué pasa cuando te das de bruces con la realidad y descubres que vives en una mentira? Las personas necesitamos creer que las cosas que hacemos tienen algún sentido, que nuestros pasos van encaminados hacia algo “importante”, y cuando descubres que estas realmente perdido… PUM

Desorientación… No hay persona más ciega que la que no quiere ver, y cuando creas una barrera y te aíslas de todo lo que te rodea, llega un día que realmente estas como ciego, ya que la realidad queda totalmente difuminada por la percepción que tenemos de ella.

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Desde que llegue a Londres he intentado ser una persona positiva, he intentado infundir en las personas ese positivismo y relativizar sus problemas, dándole la justa medida de su importancia (Yo no creo en el destino, pero adoro las palabras de Shakespeare en boca de Romeo cuando dice que se siente una marioneta en manos del destino).

Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno, y que difícil es aplicar esos consejos a uno mismo; aunque también es verdad, que es más fácil cuando puedes compartirlos con alguna persona y sentir el apoyo de alguien que realmente te escucha. Qué difícil es también, encontrar personas que sepan escuchar, la mayoría solo te oye, y muchas de ellas ni siquiera eso. Como iba diciendo, es más complicado cuando compartes esa parte de ti tan especial, con un frio y blanco papel, no te interrumpe, eso sí, pero tampoco te hace sentirte comprendido, que fría es la comunicación sin unos ojos con vida propia, que notas tan cercanos a los tuyos. Cuando compartes algo tan especial como dejarle entrar en ese rinconcito de tu alma que tanto ocultamos y que tanto dolor nos causa. En estas situaciones es cuando más cuenta me doy de como necesito a las personas… hace bastantes años escribí una definición de la soledad que quizás pueda explicar lo que pienso de ella, a ver si la recuerdo:

La soledad es un abismo de sentimientos que separa nuestros corazones, un atisbo de negrura en una mar de aislamiento. Las personas somos como náufragos en busca del corazón que alimente nuestra conciencia, que nos enseñe a comprender que sentirse solo es igual que no sentirse. Porque en el fondo una persona sola qué es, sino una orilla en un mar sin playa…

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Trece años después y vuelvo al mismo punto, como si cayera por un agujero en mitad del cuento y volviera al principio de este, solo que esto no es un cuento, ni yo soy el chico soñador que era entonces. Cada vez tengo más necesidad de poder compartir ciertas cosas con personas importantes pero no es algo fácil y sigo cometiendo los mismos errores de siempre. Sigo devorando todos mis miedos y todas mis preocupaciones, hasta que un día el globo empieza a desinflarse y te das cuenta, que no pierde el aire poco a poco; sino que caes al vacío con toda la fuerza de la gravedad y en esa caída te encuentras solo. Cuanto duelen las cosas en la solitaria mirada de una persona perdida, ciega, desorientada, pesimista y con la conciencia de que esto solo es una mano más en en el juego al que llamamos vida.

Escritor: Néstor Contreras Baena