Para leer a Foucault

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Un acercamiento a la pequeña gran obra “El orden del discurso ”, lección inaugural brindada por Micheal Foucault en 1970 cuando asume la dirección de la cátedra “historia de los sistemas de pensamiento” del College de France. Quién no quisiera, como el filósofo francés, colarse en los intersticios del discurso sin ser notado. Recibir un susurro inspirador al oído y gracias a él, lograr escapar, al fin, de lo “azaroso” del discurso, de la página en blanco… … que finalmente resultaron en la imposición de una palabra u otra, de una u otra forma de designar la realidad.

Esta cosa que es el discurso, tiene entonces una dimensión histórica, a través de la cual ha ido tomando su forma, pero que siempre ha funcionado como herramienta para la toma o para el ejercicio del poder. Pensemos, sin ir más lejos, en las constantes pugnas discursivas del Gobierno Argentino con ciertos sectores del poder representados por los grandes oligopolios mediáticos como Clarín o Nación, una lucha en la que también están sumergidos, aunque con menores dosis de poder, las organizaciones ciudadanas y los partidos políticos de izquierda. Porque nombrar la cosa, es dominarla…

Ahora bien, para conjurar esos poderes, Foucault sugiere un modelo de análisis de los discursos que considere sus condiciones de producción, vale decir, los juegos de posibilidades y limitaciones que permiten los sistemas de control, producción y distribución del discurso latentes en toda sociedad, y que definen tal como lo expresaría Marc Angenot más adelante, todo lo pensable y todo lo decible en una sociedad en un momento histórico determinado. en 1970. En primer lugar, Foucault reconoce la existencia de tres procedimientos de exclusión, que son externos al discurso y que determinan, en definitiva, quién, qué, cómo y cuando (se) puede decir algo. Estos procedimiento son: derecho exclusivo y privilegiado del sujete de habla).

 La oposición entre la razón y la locura (yo aquí agregaría también entre la palabra del niño y la del adulto), separación y rechazo de una palabra que no se pliega a lo que el discurso normalizado permite/habilita y cuya circulación, por lo tanto se rarifica, considerándosela nula o investida de extraños poderes que la hacen capaz de enunciar una verdad oculta. La oposición entre lo verdadero o lo falso, que determina dos voluntades, la voluntad de saber que impone al sujeto conocedor una posición, una función y una cierta forma de mirar, con sus herramientas y todo; y una voluntad de verdad que se apoya en una base institucional, y es también coercitiva. Cita aquí Foucault el caso de Mendel cuya teoría sobre la herencia genética fue rechazada en principio por la comunidad de saberes a la que pertenecía.

Pienso también en el relato que hace Irene Intebi (especialista bonaerense sobre abuso infantil) en su libro “en las mejores familias” en el capítulo “Freud, la histeria y la historia” donde nos informa sobre la dificultad del padre del psicoanálisis para abandonar la “teoría de la seducción”, una teoría que explicaba ciertas patologías de la mente en base a la victimización sexual infantil del enfermo, y que fue recibida “con frialdad” por la comunidad de médicos y psiquiatras, que le hicieron luego el vacío obligándolo así a dejar esta teoría de lado, porque no pertenecía a lo que era “decible” en su época, es decir, no respondía a la voluntad de verdad ni de saber de los científicos del alma de aquel entonces. En segundo lugar Foucault reconoce la existencia de un juego de procedimientos internos al discurso, que funcionan como principios de clasificación, ordenación y distribución de los mismos, y que denomina como “procedimientos de limitación” que son:

1. El comentario, como reactualización constante de discursos fundantes o fundamentales de toda sociedad. Es un conjunto de textos que forman parte de los discursos “que son dichos”, como las teorías científicas o las normas jurídicas.

2. El “principio de autor” que ordena los textos alrededor de un yo que les daría coherencia y significado.

3. Las disciplinas que funcionan como un sistema anónimo sobre el cual se construyen nuevo enunciados, pero cuya pero cuya producción se limita a una reactualización permanente de las reglas.

Finalmente Foucault hace referencia a un tercer grupo de procedimientos, los sistemas de restricción de los sujetos que hablan, los cuales son:

1. Los rituales de habla, que determinan circunstancias y posiciones al sujeto enunciador. Un ejemplo de esto pueden ser las conferencias, los discursos políticos, pero también los programas radiales o televisivos, las misas, y hasta los mismos libros de textos.

2. Las sociedades de discurso, que son circuitos cerrados donde circulan ciertos tipos de discurso, es decir grupos delimitados de individuos que acceden a estos discursos, por ejemplo, los grupos neonazis en Europa; pero también ciertos circuitos de divulgación científica o técnica.

3. Las doctrinas, que efectúan una doble sumisión, la de los sujetos que hablan a los discursos y la de los discursos al grupo doctrinal.

4. Las adecuaciones sociales, gracias a las cuales los individuos aprehenden no sólo los discursos sociales sino también sus sistemas de control, por ejemplo, los sistemas educativos. .

El método propuesto para el análisis y la reconstrucción de estas instancias en el discurso por el autor consiste en cuatro principios de enrarecimiento del discurso, es decir, cuatro lupas cuestionadoras del discurso:

1. El principio de trastocamiento: según el cual donde habitualmente reconocemos el “origen” del discurso, aquello que lo posibilita, deberemos reconocer el anverso de su cara, buscando lo que excluye y lo que niega (por ejemplo actualmente, muchas veces cuando se habla de género se entiende sólo las cuestiones sobre las mujeres, cuando hay un discurso sobre la diversidad de género que también está buscando obtener visibilidad y que antes estaba excluido del discurso social prácticamente en su totalidad).

2. El principio de discontinuidad: tratar a los discursos como prácticas discontinuas que a veces se cruzan, a veces se yuxtaponen, y otras veces se ignoran y hasta se excluyen.

3. El principio de especificidad, el cual nos recuerda siempre que el discurso no es la cosa misma.

4. El principio de exterioridad que nos impela a analizar el discurso como un producto, un acontecimiento, al cual hay que estudiar a partir de su aparición y su regularidad, hacia sus condiciones externas de posibilidad (por ejemplo, no fue hasta que se normativizó en cierta medida el discurso feminista, que se pudieron empezar a articular discursos jurídicos y psicológicos en relación al abuso sexual infantil).

Estas categorías de análisis, esta mirada desconfiada hacia el discurso verdadero, hacia los poderes del discurso, sistematizadas en un modelo de análisis y una metodología, son uno de los tantos tesoros que nos legó este gran pensador francés del siglo pasado, y que han sido y serán aportes de vital importancia en las teorías y en los análisis de discurso post Foucault.

Escritor: Irene Diaz

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