¿PARA QUÉ EDUCAR?

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A través del tiempo, la educación ha tenido particular relevancia en la formación de las personas de las diferentes sociedades. En cada uno de los períodos de la historia, sus respectivas comunidades han organizado la escuela de tal manera que respondiera a unos intereses particulares y pudiera cumplir así con las expectativas que se tenían frente al prototipo de ser humano que se quería formar. Tal es el caso del medioevo, etapa en la cual la hierocracia le otorgó gran capacidad de decisión a los postulados teocéntricos, esto con el ánimo de responder al paradigma patrístico de la época, dejando de lado las reflexiones antropocéntricas que estuvieron vigentes en el periodo clásico durante la antigüedad. Transcurrido un milenio, en el siglo XV se abren las puertas para que la humanidad ingrese a una nueva realidad que marcaría el sendero a través del cual se ha avanzado hasta el día de hoy: el Renacimiento.

Aquel renacer cambió radicalmente la cosmovisión de las diferentes sociedades y habilitó de nuevo las condiciones para que el raciocinio se convirtiera en el eje explicativo de la realidad. Sin embargo, la iglesia, pese a su evidente cisma, perseveraba en el interés por mantener su condición dominante. En este dilema, la humanidad cumple su “mayoría de edad” e ingresa a la contemporaneidad, periodo en el cual se viven grandes avances que transformarían sustancialmente las sociedades de la época.

En esa dinámica la educación ha jugado un papel esencial en las diferentes sociedades y en los distintos momentos de la historia, ya que le ha permitido a cada una de las comunidades no solo acceder a nuevos conocimientos sino que adicionalmente, le ha posibilitado definir la carta de navegación para la materialización de proyectos a mediano y largo plazo.

En la actualidad, esa relación entre sociedad y educación está más vigente que nunca. Hoy por hoy la reflexión de para qué educar se debe asumir con particular atención. En este presente tan convulsionado por los vertiginosos cambios tecnológicos y por la deshumanización de los escenarios académicos, es completamente pertinente hacer una alto y revisar la intencionalidad de las propuestas educativas. Si bien hay que responder a unos estándares propios de un mundo globalizado, éstos cada día más exigentes, no se puede ni se debe desconocer que el principal llamado que se le formula a la escuela es la formación de buenos seres humanos.

Diáfanamente expresaba Fernando Savater en una de sus reflexiones que no era suficiente nacer humano ya que era necesario también llegar a serlo. Ante este perentorio llamado, la educación es sin duda el escenario desde donde deben emerger las propuestas para asumir este histórico reto. No obstante lo anterior, la complejidad de la reflexión formulada supone considerar aspectos propios de la sociedad posmoderna: la fractura de los escenarios familiares, el interés por crear proyectos de vida en la inmediatez y fundamentados en el menor esfuerzo, la subestimación de la academia, entre otros. En ese orden de ideas, adquiere sentido hablar de educación integral, entendida ésta como la formación que trasciende los ámbitos disciplinares y logra involucrar las dimensiones afectiva, expresiva y social del ser humano.

De acuerdo con lo anterior, abordar el interrogante para qué educar, supone hacer una reflexión más amplia de lo que en primera instancia se pudo haber pensado. Adicionalmente, requiere considerar el cómo hacerlo, ya que no es suficiente tener claridad sobre lo que se quiere alcanzar si no se tiene definido de qué manera hacerlo. En ese sentido, se pueden hacer las siguientes afirmaciones a esta altura del presente análisis: es necesario educar más allá de los saberes disciplinares; se requiere brindar una formación integral que trascienda la dimensión cognitiva, sin que ello implique restarle rigor a esta importante tarea.

Así mismo, es fundamental identificar las estrategias que permitan el alcance de dichos propósitos, de ahí que la actualización pedagógica y didáctica se convierta en un inaplazable reto para aquellas personas que comprometidas con la educación, vean en esta noble labor, una importante alternativa para la construcción de una mejor sociedad que les devuelva a los niños y a las niñas la esperanza de creer que es posible convivir apoyados en la alteridad y el respeto por la diferencia.

Escritor: Óscar Castañeda

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