PÍO BAROJA, UNA SEMBLANZA

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Con pocos casos tropezaremos en la literatura española donde el hombre y la obra estén tan unidos como en Pío Baroja. Aquí la unión de ambos es tan íntima que nos será difícil separarlos. Esta unión es, sin duda, el secreto de la fuerza de sus novelas. Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián en 1872 y falleció en Madrid en el otoño de 1956. Tras una infancia feliz Baroja estudió Medicina en Madrid, carrera que estudió con poco entusiasmo. Mal estudiante, como en el Bachillerato, prefería pasear por el Retiro abandonándose a un estado contemplativo.

Por aquella época se sumergió en continuas lecturas de Schopenhauer, Tolstoi, Dickens, Nietzsche o Stendhal entre otros. Influido por estos autores, evolucionó hacia un “anarquismo schopenhaueriano” y agnóstico que resumió en dos frases: “no creer, no afirmar”.Continuó sus estudios en Valencia donde hizo una vida solitaria y meditabunda. Imbuido en la desesperanza decidió continuar la carrera de Medicina. Ya licenciado, regresó a Madrid y comenzó a colaborar en periódicos como “La Justicia”. Se doctoró y obtuvo plaza como médico titular de Cetana en 1894. Cansado y desilusionado, abandonó el ejercicio de la Medicina y decidió ir a regentar la panadería de su tía en Madrid. Por entonces, Madrid era una ciudad pintoresca de medio millón de habitantes en plena ebullición de teatros y cafés. En boca del autor: “Madrid era de las pocas ciudades románticas de Europa”.

Así, Baroja comenzó a frecuentar las tertulias literarias. Al mismo tiempo, en sus lecturas volvían a repetirse los nombres de sus autores en tiempos de estudiante a los que vienen a sumarse Verlaine, Dostoievski o Kant. La influencia de las lecturas en una personalidad como la de Baroja, profundamente sensible, es fundamental tanto en su visión desilusionada e individualista de la vida como de la política y del arte.

En 1900 publica una serie de cuentos que titula “Vidas Sombrías”. Este será el punto de inflexión de esa historia de una fidelidad que es la obra barojiana. En este libro se encuentra ya gran parte de su temática, de su sentido del paisaje, de su ideología, de sus personajes y el mundo que los rodea. El sentido desesperado de la soledad es una constante en su obra y lo encontramos reflejado en gran parte de los “héroes” barojianos: han luchado por algo y, finalmente, se ven reducidos a la impotencia.Cuestión primordial en el análisis de la obra barojiana es la importancia del “paisaje”. Los personajes de Baroja quedan definidos por el “paisaje” en que se desenvuelven.

Es su trato del paisaje, la utilización de las metáforas ligadas al mismo, lo que hace de Baroja un auténtico hombre de la “Generación del 98”. Por orto lado, en su obra también se vislumbra su afición por lo misterioso y que hará de él un enconado estudioso del mundo de los mitos y las leyendas. Es así como Baroja nunca confunde la religión con la ciencia; lo que sí ocurre es que las compara y, como resultado, sale perdiendo la religión. Tras estos sucintos trazos de la biografía de nuestro autor, pasaremos a introducirnos en su obra más relevante. En primer lugar, nos encontramos con su primera trilogía de obras a través de las cuales se produce el reencuentro con lo vasco. Serán “La Casa de Aizgorri” (1900); “Idilios Vascos” (1901); y “El Mayorazgo de Labraz” (1903). Todas ellas constan de estructuras dramáticas.

Baroja siguió publicando y será hacia 1905 cuando saque a la luz una de sus trilogías más logradas. Fue en “La Lucha por la Vida” -compuesta por las obras: “La Busca”; “La Mala Hierba”; y “Aurora Roja”- donde Baroja logró una unidad de pensamiento, concepción y forma sorprendentes. De esta forma aparece una galería de personajes encabezados por el “golfo”. Para Baroja éste no es un mendigo ni un desocupado sino un sujeto al margen, separado de su medio por una causa cualquiera. Producto nuevo de la sociedad, puede ser un aristócrata arruinado, un universitario desocupado e indolente o un miembro de la clases medias. Desligado de toda causa, con una filosofía propia, el “golfo” barojiano niega toda moral.

Continuará nuestro autor su quehacer literario publicando dos novelas imprescindibles. En la primera de ellas, “La Feria de los Discretos” (1905), el novelista representa la vida como farsa pero, en este caso, utilizando el humor para realizar una crítica del aristócrata, del comerciante preocupado por amasar dinero y del hampa y sus ilícitos manejos poco más nobles que los de las clases superiores. Es un humor cargado de amargura y de tristeza. En “Zalacaín el Aventurero” (1909) los protagonistas se desenvuelven por tierras del Bidasoa. Es aquí donde se percibe la preocupación del autor por lo vasco: sus costumbres y sus leyendas.

Otra de sus novelas más aclamadas fue, sin duda, “El Árbol de la Ciencia” (1911). En ella, Baroja nos coloca ante la realidad española a través de un personaje escéptico. En España, nos dice, el individuo está condenado y no puede aspirar a ir contra el prejuicio, contra la masa, contra el dinero. En España, para él, todo ha de ser pequeño. Es aquí donde mejor representa Baroja esa lucha del individuo contra la masa; la misma que no comprende lo individual, ante quien siente miedo y trata de diluir en un ambiente vulgar en el que los hombres son iguales en sus gustos y procederes. Es otra constante en su obra.

1913) para corroborarlo. Pío Baroja, a su modo, dejó escrito lo que creyó que tenía que afirmar pero, también, lo que debía negar. Creyó, en definitiva, en un renacimiento proporcionado por la voluntad de los individuos capaces de imponerse a todo un mundo que trataba de impedirles el paso. Se sintió capaz de enterrar esa España vieja que nunca le gustó.

Escritor: Álvaro García de Luján