QUE OTROS SE JACTEN DE LOS LIBROS QUE HAN ESCRITO, YO ME JACTO DE LOS QUE HE CITADO

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Hace unos días sostenía una discusión con algunos amigos que critican fuertemente mi ya reconocida tendencia a citar autores todo el tiempo. En esos días leía a Marc Bloch, un hombre cuyo discurso no deja de apasionarme, y cité textualmente un párrafo de Apología para la historia o el oficio del historiador. Mi amigo me recomendó que dejara de leer tanto a Bloch y que pensara más por mí misma. No me gusta andar con suposiciones. El hombre quiso decirme que no estaba dándole el uso debido a mi cerebro. Pero bueno, esas cosas ocurren muchísimo en un medio en el que infortunadamente se sigue creyendo que reconocerle el mérito a otro implica negarse la posibilidad de lograr méritos propios.

Pero eso no es todo. La semana anterior rebatí la postura de otro amigo volviendo a citar a Bloch (2001). En esa ocasión acompañé la referencia con citas de Borges, de Moliere y de otro autor cuyo nombre se escapa de los límites de mi ya abusada memoria. La postura de mi amigo fue mucho más radical. Dijo textualmente que si lo único que había aprendido en Bogotá era a citar, estaba desperdiciando mi vida. Capté su idea porque comparto la postura de Bloch (2001), según la cual algunas condenas tienen un atractivo peligroso: justifican por adelantado la ignorancia. Por eso le dije, “sigue condenando, comprendo por qué lo haces”.

Luego de esos dos sucesos, decidí que había que hacer algo intelectualmente legítimo. Un rastreo bibliográfico inicial me mostraría que por enésima vez las citas serían mi soporte. Encontré el apoyo de algunos autores serios. Por ejemplo, Frank Báez (s.f) señala que la escritura es sencillamente una forma de reflexionar sobre las lecturas propias. En palabras del propio autor, “cuando yo estoy escribiendo algo, estoy interactuando con mis lecturas, con lo que hizo tal escritor en tal pasaje de un libro o tal poeta con sus versos. En este sentido, si no soy capaz de citar a otros, a lo sumo estableceré un aparente monólogo auspiciado por los dominios del plagio.

Para sustentar aún mas mi postura aparece el escritor y crítico argentino Marcelo Di Marco, que reconoce que uno llega a la literatura a través de los libros que ha leído. Parece que mis amigos ya citados olvidan que para poder escribir y “pensar por sí mismo” es preciso leer y citar lo que otros ya han escrito. Sin embargo, reconozco que no es fácil admitirlo. Se necesita suficiente fortaleza epistemológica para superar ciertos obstáculos. Cuenta Di Marco la loca idea de Borges de no guardar en su biblioteca los libros que él mismo escribía, porque prefería “seguir teniendo una buena biblioteca”. Esa es la actitud de un escritor que no tiene la pretensión absurda de lograr protagonismo. La ironía de Borges supera cualquier pretensión de validez por necesaria que parezca.
Siguiendo en mi búsqueda me encuentro con el que catalogaría como uno de los mejores textos que he leído durante el último mes: Anochece y aún no he leído todos los libros del filósofo español José Segovia. Segovia (2011) señala que hay personas que lo saben todo, pero eso es lo único que saben. En este grupo de sujetos incluyo a todos aquellos que consideran que cuando leen o citan a otros autores se están anulando la posibilidad de “pensar por sí mismos”. Estos sujetos no tienen que citar a nadie, ellos lo saben y lo dicen todo.

Segovia (2011) reconoce que en una parte de la vida cada sujeto tiene la necesidad de llenar su alacena intelectual de lo que otros han dicho para después abordarlo, agitarlo, mezclarlo. Mientras nosotros los más ignaros vamos llenando nuestra alacena intelectual, nos jactamos de lo que tragamos a diario. El autor dice que ya a sus setenta y tantos años parece que sus deseos de escribir superan a los de leer, pero aún así no deja de citar a otros. Sólo basta leer una página de sus textos para saber que la cita es el sustento de su escritura. Debió llenar suficientemente su alacena intelectual para empezar a degustarla a través de la escritura y la creación literaria, que él llama sabiamente imitación literaria.

En mi, afortunadamente, todavía las ansias de tragar superan las de decir. No he tenido el tiempo suficiente para llenar mi alacena intelectual. Mi vida intelectual, como la de muchos de mis amigos, no logra completar siquiera una década. Por ello, seguiré en mis búsquedas, seguiré ejerciendo ese tan aborrecido pero necesario acto de citar, que tanto me apasiona. Ahora con muchas más fuerzas y con mayores argumentos. Sé que en todos los polos del mundo hay quienes comparten conmigo la misma patología.

Voy a terminar este escrito citando lo que dice Segovia (2011) que dice Eco en El nombre de la rosa: “En todo lo anterior no hay una sola palabra que sea mía. Ni siquiera la expresión de que no hay una sola palabra que sea mía es mía”. ¡Vean amigos cómo es de compleja una cuestión que ustedes intentan anular! Quizás lo que les falta es una buena cita que le enseñe lo que tienen que saber (Segovia, 2011).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Báez, F. (s.f) Entrevista a Frank Báez por Jimmy Hungría. Recuperado en http://editorialfunglode.com/documents/RevistasGratis/GL30.pdf, el 19 de mayo de 2013.
Bloch, M. (2001). Apología para la historia o el oficio del historiador. México: Fondo de la Cultura Económica.
Di Marco, M. Taller de corte & corrección. (1997) recuperado el 19 de mayo de 2013, en:http://books.google.com.co/books?id=wKLbuQChhc4C&pg=PA205&dq=Uno+llega+a+la+literatura+a+trav%C3%A9s+de+los+libros+que+ha+le%C3%ADdo&hl=es&sa=X&ei=o_KYUblppMvRAev2gZAI&ved=0CCwQ6AEwAA#v=onepage&q=Uno%20llega%20a%20la%20literatura%20a%20trav%C3%A9s%20de%20los%20libros%20que%20ha%20le%C3%ADdo&f=false
Segovia, J. (2011). Anochece y aún no he leído todos los libros. Recuperado el 10 de mayo de 2013, en
http://books.google.com.co/books?id=uLl2s_GOIGwC&pg=PT447&dq=me+jacto+de+lo+que+he+le%C3%ADdo&hl=es&sa=X&ei=T9yYUdv2BbbJ4APJl4GIBA&ved=0CE8Q6AEwBg.

Escritor: Aura Salazar Caro

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