RECHAZO Y DESINTEGRACIÓN SOCIAL DEL INMIGRANTE AFRICANO EN CATALUÑA

Los movimientos migratorios son la consecuencia inevitable de la profunda injusticia que preside el reparto de bienes en un mundo globalizado, que condena a la miseria a millones de personas, cuya única esperanza es la huida de sus lugares de origen. La inmigración es un tema muy extenso, presente desde los inicios de la humanidad, y cuyas causas y consecuencias han cambiado considerablemente con el transcurso del tiempo.

En la actualidad es un fenómeno de gran importancia, con efectos positivos y negativos tanto para los países receptores como los emisores. No todos los inmigrantes son iguales, así como los habitantes de los diferentes países receptores también son muy distintos, lo que puede desencadenar complejas situaciones e injustas desigualdades.

Entre las consecuencias positivas de la inmigración se encuentran las socio-culturales y las económicas. Es evidente que la llegada de inmigrantes en los últimos años ha favorecido la difusión de una gran diversidad lingüística, religiosa y cultural. Históricamente las migraciones han contribuido a la transmisión a otras partes del mundo de avances técnicos, cultivos, entre otros.

Por otro lado la llegada de población inmigrante en edad de trabajar ha repercutido favorablemente en el total de afiliaciones a la Seguridad Social, como ocurrió en el período entre el 2001 y 2005 con un 45% de las altas registradas correspondientes a trabajadores foráneos. Así, entre 1995 y 2005 España ocupó el primer puesto en términos de crecimiento de población inmigrante con una tasa del 8,4% frente al 3,5% del área del euro y el 3,7% de los países que conforman la UE-15.

También es de destacar su contribución al crecimiento del PIB y de la recaudación asociada a la imposición del trabajo (principalmente por la vía de las cotizaciones sociales). La gran mayoría de países de Europa registrarían caídas en su PIB por habitante si se retira el aporte de los inmigrantes. Los descensos más llamativos serían los de Alemania e Italia (-1,5% y -1,2% anual respectivamente), Suecia (-0,8%) y España, Portugal y Grecia (todos con un -0,6%).

La inmigración ha supuesto más del 50% del crecimiento de empleo en España. Además, el bajo porcentaje de su población dependiente (de menos de 15 años y de más de 65 años), que es del 18,98% para el colectivo extranjero pero del 30,83% para la población general, hace que netamente aporten más que la población nacional a la caja del Estado.

El hecho de que las opciones de empleo inmigrante se hayan concentrado fundamentalmente en sectores donde la oferta de mano de obra española resulta escasa (construcción, hogar, hostelería, agricultura, etc.), sugiere que la inmigración ha contribuido a suavizar la rigidez de esta oferta. Esto a su vez ha favorecido que pequeñas empresas españolas continúen con su actividad, que los españoles ocupen puestos más altos en la pirámide laboral, que las mujeres puedan acceder en mayor número al mercado laboral y en general a la estabilidad del estado de bienestar nacional.

La llegada mayoritaria de inmigrantes procedentes de ámbitos culturales o lingüísticos cercanos (el 75,02% proceden de Iberoamérica o de otros países del continente europeo), unido a que la inmigración es de origen variado, puede hacer pensar que el proceso de integración del inmigrante en España una sea menos traumático que el surgido en otros países de la Unión Europea. Sin embargo este proceso no ha tenido desenlaces favorables en el país ibérico, sobre todo en los últimos años.

En esta dirección en la sociedad española han surgido notables sentimientos de rechazo y de antipatía hacia el inmigrante. Un estudio procedente del Ministerio de Trabajo e Inmigración señala que en los últimos años ha aumentado la tendencia general al rechazo de la población extranjera.  Este incremento de la xenofobia puede considerarse una consecuencia indirecta de la aguda crisis económica por la que atraviesa el país en el contexto actual.

En este sentido se han alzado opiniones que sostienen que la inmigración ha provocado distorsiones en el mercado laboral español. Así, aunque el PIB español  creció entre el 3% y el 4% entre los años 1997 y 2007, los salarios reales de la población española han disminuido ligeramente. Según estos criterios la llegada de trabajadores extranjeros, presuntamente no calificados ha facilitado la disminución de los salarios en diversos sectores de la economía española como por ejemplo la construcción y la hostelería. Se plantea que este fenómeno podría haber perjudicado a los trabajadores peor pagados, debido a un aumento de la oferta de mano de obra infravalorada socialmente por su calificación laboral.

Sin embargo esta explicación es deficiente si se considera que la pérdida del poder adquisitivo de los salarios se debe al incremento de precios por encima de los salarios, hecho que no puede ser atribuido exclusivamente a la contratación de personas por un salario menor. Se debe tener en cuenta también que una parte considerable de los trabajos asumidos por los inmigrantes han sido creados en el contexto de la llamada burbuja inmobiliaria provocada por la crisis económica actual (alrededor del 30% de los trabajadores de la construcción son extranjeros).

Se plantea además que la inmigración ha permitido el abaratamiento del ciclo productivo en la economía tradicional española, al hacer innecesario acometer proyectos de modernización, investigación y desarrollo. Esto es producto del mantenimiento de los beneficios mediante la reducción de salarios, por lo que la inversión no sería necesaria. Por lo tanto, el aumento de los beneficios económicos no se ha invertido en mejorar el ciclo productivo dentro de las empresas tradicionales.

Autor: Moises Bolekia

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