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Qué difícil se hace cuando te piden que redactes un texto de temática libre. La cabeza empieza a darte vueltas, acerca de los miles de temas que se pueden tratar. Y con esos miles, millones de dudas. ¿Acertaré o no? ¿Estará bien? ¿Será esto lo que me piden? Y aquí estoy en esa encrucijada, mientras veo cómo juegan los niños en el patio del colegio. Cojo una silla, la arrimo a la ventana y los observo. ¡Pero qué bien suenan! No puedo evitar mirarlos, los conozco a todos o casi todos. Todos tienen algo que les hace diferentes, pero a la vez tan iguales. Son niños, pasan por delante de mí, dentro de mi clase, se sientan en mi clase.

Mi mente me lleva al pasado, cuando yo era la que se sentaba en esas sillitas y era yo la observada. ¡Cómo han cambiado las cosas! Veo niños de diversas nacionalidades y culturas. Totalmente integrados dentro del aula, con los demás. Hace unos años, este tipo de situaciones eran escasas y cuando te encontrabas un compañero diferente, esa era la palabra empleada: diferente. Una palabra que ha cambiado de significado plenamente. Cuando yo era niña no tenía ese valor despectivo que tiene ahora, o, a lo mejor, es que no lo usábamos con ese sentido.

sino iguales; al fin y al cabo son niños, de distintos países, de distintas culturas, de distintas religiones, pero niños. En este punto reflexiono: ¿Qué ha pasado? Se supone que hemos evolucionado, que hemos progresado ¿Por qué en este aspecto no? con ellas abordamos todos estos aspectos. Desde el inicio de los tiempos hasta el ahora más actual. Es de siempre ha existido la emigración. Personas que abandonan sus países de origen para trasladarse a países nuevos, algunos muy lejanos, con el sueño de empezar una nueva vida. Tener una oportunidad de conseguir una vida mejor.

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Personas que llegan a un país extraño, con nuevas costumbres nuevas formas de vida, una política y economía nueva. Llegan y se buscan un sitio dónde vivir, un trabajo. Al principio, con ese trabajo mandaban dinero a su país para así poder mantener a los suyos. Con el tiempo esto ha cambiado, y son , ahora, familias enteras las que emigran, las que llenan los aeropuertos procedentes de sus hogares, con la esperanza de progresar. Familias con niños, la mayoría. Niños que se tienen que buscar un colegio nuevo, unos compañeros y amigos nuevos para empezar. Y es en este punto cuando empieza nuestra labor, la de los profesores, educadores.

La sociedad cambia, de hecho, está en continuo cambio. Hace unos años la idea de encontrarte con emigrantes era una novedad, ahora es un hecho, por lo tanto no deberían darse situaciones de integración, de discriminación o racismo. En las aulas proponemos clases de integración; mantenemos charlas con nuestros alumnos acerca de lo negativo de la discriminación o racismo. Les inculcamos una serie de valores como la tolerancia y el respeto. A veces lo conseguimos y a veces no. Y esa es mi pregunta y mi reflexión. ¿Por qué no somos capaces de conseguirlo totalmente? Creo que la respuesta la podemos obtener dentro de nosotros mismos, dentro de nuestros hogares o incluso dentro de nuestras propias familias. Aunque promovemos la tolerancia ¿lo somos realmente? ¿Somos capaces de respetar todas las culturas existentes?.

Si desde el aula promovemos todos estos valores y dentro del hogar, de la familia no se continua, nuestra labor habrá sido en vano. De qué sirve que los padres hablen a sus hijos sobre el respeto a los demás o les regañen cuando vean alguna conducta inapropiada o racista; si ellos no lo practican. ¿Qué pensarán esos niños a los cuales se les habla de tolerancia y de no al racismo cuando ven a sus padres, abuelos o demás familiares en situaciones contrarias? Los niños están contrariados. Se podría decir que son los propios del país los que son dados al racismo, a la discriminación; pero con el tiempo esta situación ha ido cambiando. Creo que el problema surge por ambos lados, viene dado tanto por los que ya están como por los que vienen. A ambos les cuesta asumir la nueva situación social.

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llegue a nosotros, y, por consecuencia, a nuestros hijos; esos niños que, día a día, luchan, a su manera, por sobrevivir en ese patio de colegio que sigo mirando desde la ventana. No hay que olvidar que son niños iguales, sin comillas.

Escritor: NOELIA BARROSO