Reflexión sobre los siete saberes necesarios para la educación del futuro según

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Actualmente la Tierra evidencia la irresponsabilidad y la ignorancia del ser humano en forma de fenómenos naturales, económicos y sociales inesperados. Es de este punto que Edgar Morin parte para ofrecer su visión de los retos educativos del ser humano en el próximo siglo. Y es desde la educación ya que es uno de los elementos más preponderantes para realizar cambios en la mentalidad colectiva, en el único que nos permitirá enfrentar los problemas de complejidad creciente, la rapidez de los cambios y lo imprevisible que caracterizan nuestro mundo. Pero como a través de la educación podemos ejercer soluciones a nivel práctico a los problemas centrales o fundamentales que enfrentara nuestro mundo en el próximo siglo. El autor nos ofrece un punto de partida epistemológico para dar solución a estos dilemas que enfrentara la humanidad a lo largo del siglo XXI.

Morin orienta esta problemática por medio de siete saberes fundamentales que la educación en el futuro deberá confrontar en toda sociedad sin importar cultura o costumbres. De lo anterior se deriva que es necesario retornar a la condición de ser humano ya que de por si revela misterios correlacionados con el Universo, la Vida y su génesis. El primero de ellos lo denomina el autor las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión en la que se evidencia que la educación permanece ciega ante lo que es el conocimiento humano y a pensarlo epistemológicamente; lo que conlleva a introducir la educación en el “estudio de las características cerebrales, mentales y culturales del conocimiento humano, de sus procesos y modalidades, de las disposiciones tanto psíquicas como culturales que lo exponen al riesgo del error o la ilusión” (Morín; 1999)

El segundo saber enfatiza en los principios de un conocimiento pertinente en el cual Morin promueve la necesidad de abordar los problemas globales y fundamentales por medio de métodos que establezcan relaciones y influencias entre las partes y el todo en un mundo complejo y dinámico; por el contario de la visión actual de observar las preocupaciones humanas desde el conocimiento fragmentado que impide establecer vínculos entre las partes y el todo, que impide a su vez examinarlos desde sus complejidades y contextos. El tercer tipo se saber se preocupa por enseñar la condición humana ya que somos seres biológicos, sociales, culturales, históricos y psíquicos en un solo individuo. La ciencia actual nos divide nuestra condición humana en varias disciplinas de estudio y como menciona el autor ha impedido entender que significa ser humano. Y es por ello que Morin fomenta que es obligatorio de la educación guiar a cada individuo que tome conciencia y conocimiento de su identidad compleja y de su identidad común.

El cuarto saber está relacionado con enseñar la identidad terrenal en la medida que como género humano tenemos un destino planetario que está formado por nuestra historia como humanos en la faz de la Tierra y es deber de la educación “señalar la compleja crisis planetaria que enmarca el siglo XX mostrando que todos los seres humanos, confrontados desde ahora con los mismos problemas de vida y muerte, viven un destino común” (Morín; 1999). Edgar Morín designa el quinto saber para afrontar las incertidumbres en la medida que estas aparecen en los diferentes campos del saber o como lo cita poéticamente el autor “Se tendría que enseñar principios de estrategia que permiten afrontar los riesgos, lo inesperado, lo incierto y modificar su desarrollo en virtud de las informaciones adquiridas en el camino. Es necesario aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza” (Morín; 1999).

En el sexto saber indicado por Morin es Enseñar la comprensión como fin de la comunicación humana. Este es uno de los aspectos más olvidados por parte de la educación actual y es necesario ya que este mundo necesita diferentes puntos de vistas sobre las problemáticas a afrontar. Esta comprensión colectiva nos permite establecer relaciones y alejarnos de lo mundano, la ignorancia y la barbarie de la incomprensión. Y es desde la reflexión de la incomprensión donde verificamos sus efectos en la sociedad humano que nos permitirá en un futuro establecer las bases y la conexión como seres humanos a la educación por la paz. En Colombia es inaudito que sea un tema olvidado por la educación, ya que esta problemática de la incomprensión hacia nuestros semejantes causa la mayor ola de violencia y barbarie que azota nuestra tierra. Por último el autor menciona como séptimo saber la ética del género humano entendida hacia la relación “antropo-etica” vinculada con la relación individuo-sociedad-especie. Esta relación anteriormente citada une la ética individuo-especie con un control mutuo de la sociedad por el individuo y del individuo por la sociedad (democracia) y esta ética nos enlaza con el concepto de ciudadanía terrestre del siglo XXI. De aquí se parte que un verdadero desarrollo humano incluye “las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y la conciencia de pertenecer a la especie humana” (Morín; 1999).

Edgar Morin establece estos siete saberes que esbozan las dos grandes finalidades ético-políticas del nuevo milenio “Establecer una relación de control mutuo entre la sociedad y los individuos por medio de la democracia y asumir la Humanidad como comunidad planetaria. La educación debe no solo contribuir a una toma de conciencia de nuestra Tierra-Patria, sino también permitir que esta conciencia se traduzca en una voluntad de ejercer la ciudadanía terrenal” (Morín; 1999). Para nuestra consideración solo profundizare en los saberes Los principios de un conocimiento pertinente y el Enseñar la condición humana.

En el saber Los principios de un conocimiento pertinente se preocupa por articular y organizar los conocimientos y de esta manera reconocer los problemas del mundo. La relación entre organizar el conocimiento y la educación es intrínseca y es desde este punto es necesario una reforma profunda ya que todo nuestro conocimiento científico incluyendo el biológico se encuentra fragmentado entre diferentes disciplinas que no nos permiten afrontar problemas más generales, multidimensionales y globales. Edgar Morin deviene cuatro aspectos relevantes: el contexto, lo global, lo multidimensional y lo complejo. El primero está expuesto en el hecho que los conocimientos de las informaciones o elementos aislados son inútiles en la medida que para que dichos elementos tengan sentido es necesario que estén inmersos dentro de un contexto determinado. En lo global nos permite establecer relaciones entre diferentes partes de forma inter-retroactiva u organizacional. Esta visión nos posibilita observar en el todo cualidades o propiedades que en las partes no aparecerían. O en las palabras de Pascal “si todas las cosas son causadas y causantes, ayudado y ayudantes, mediatas e inmediatas, y todas entretejidas por un lazo natural imperceptible que liga las más alejadas y las más diferentes, no es posible conocer las partes sin conocer el todo y tampoco conocer el todo sin conocer particularmente las partes” (Morín; 1999). Esta reforma es imperiosa ya que tan solo al observar al ser humano biológico están compuestas por células y tejidos pero estas partes no nos hacen seres humanos sino la interacción de las partes o el todo. Y es por ello, que una ciencia fragmentada es inútil ante la naturaleza del ser humana ya que ofrecería solo una visión equivoca de nuestra dimensión mortal.

Otros aspectos para resaltar es lo multidimensional y lo complejo ya que los seres humanos y la sociedad a la que pertenecen son multidimensionales (seres religiosos, históricos, sociales, culturales, entre otras) y esta característica nos liga a la complejidad entendida como la unión entre la unidad y la multiplicidad y es por ello que los desafíos del futuro cada vez mas son enlazados con la complejidad. De lo anterior se infiere que la educación deber promover en los individuos la “inteligencia general” que nos permite reflexionar sobre lo complejo, el contexto, lo multidimensional y la concepción global.
La inteligencia general nos permitirá a partir de actitudes generales de la mente un mejor desarrollo de las competencias particulares o especializadas. Y tal como lo menciona François Recanati la inteligencia general permite la reflexión de los conocimientos del conjunto “La comprensión de los enunciados, lejos de reducirse a una mera y simple decodificación, es un proceso no modular de interpretación que moviliza la inteligencia general y apela ampliamente al conocimiento del mundo” (Morin; 1999). Y es por ello que la educación debe estimular el desarrollo de esta inteligencia para resolver preguntas generales y de paso dar libre ejercicio a la curiosidad. Esta última ha incentivado en grandes genios de la humanidad valiosos progresos o invenciones que se han perdido debido precisamente a la especialización de las disciplinas encerradas entre ellas que resquebraja los contextos, globalidades y complejidades y no nos faculta para crear nuevos sistemas de enseñanza debido a la perdida como refiere Morin de aptitudes naturales para contextualizar los saberes, tanto para integrarlos en sus conjuntos naturales.

En este mismo capítulo Edgar Morin se aproxima a dos problemas esenciales. La Disyunción y especialización cerrada y la Reducción y disyunción. La primera problemática está referida al hiperespecialización que impide la resolución de problemas desde lo general y solo pueden ser vistos de un contexto especifico. Desde este punto de vista la realidad y la forma de pensar el mundo por parte del ser humano es contradictorio ya que nuestra cultura nos induce a lo general mientras que nuestra cultura científica nos instiga a la desunión, lo particular, lo abstracto. De otro lado la reducción y disyunción nos empuja hacia el conocimiento de las partes y no del todo que de por si este no produjera propiedades y cualidades nuevas. Es decir; reducir lo complejo a lo simple. Lo inconcebible es que lo reduccionista nos enceguece ante lo que no sea cuantificable, anulando lo humano (nuestras pasiones, deseos, desdichas) y nuestras cualidades mas intrínsecas como el riesgo, la novedad y la invención. O en palabras de Morin “Por ello, entre mas multidimensionales se vuelven los problemas más incapacidad hay de pensar su multidimensionalidad; entre mas progresa la crisis, entre mas planetarios se vuelven los problemas, mas impensables son. Incapaz de proyectar el contexto y el complejo planetario, la inteligencia ciega se vuelve inconsciente e irresponsable” (Morin; 1999).

En el segundo saber “Enseñar la condición humana” de una forma poética e idealista enfatiza que la educación del futuro deberá ser una enseñanza universal centrada en la condición humana. Esta debe reconocer la humanidad común y al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a lo humano. Edgar Morin a través de ciertas características ahonda en este dilema. En una primera parte citada arraigamiento y desarraigamiento humano nos ofrece una visión de porque somos “seres planetarios” ya que estamos ligados a una condición cósmica (pertenecemos a un universo que nació de la irradiación, del devenir disperso donde actúan de manera complementaria, concurrente y antagónica: Orden, desorden y organización. Y en este cambio constante nuestro universo creo la autoorganización viviente. Nosotros sometidos a esta organización, de fuerzas externas nos condujo a que no se desintegrara o desvaneciera tan pronto. La condición física nos conecta con nuestra fuente de vida: el Sol que nos hace vernos como una “pajilla de la diáspora cósmica”. La condición terrestre nos une a la Tierra como planeta que se auto-produjo y se auto-organizo, se constituyo como y desarrollo una biosfera. “Somos a la vez seres cósmicos y terrestres” (Morín; 1999). Y esta biosfera nació la vida llena de convulsiones y extinciones que a como el ave fénix resurgió con nuevas especies, predaciones y devoraciones constituyeron la cadena trófica en doble vía: muerte y vida. Y por último la condición humana que nos muestra como humanos y animales. Nos deriva un resultado del cosmos, de la naturaleza, de la vida, pero esta humanidad está atada indefectiblemente a la cultura, a la mente y conciencia que a veces nos permite conocer el mundo y otras nos separa. Este es el desplegamiento de la humanidad.

En la segunda parte Morin recurre a Lo humano de lo humano en el que utiliza una serie de bucles para describir que el hombre es un ser puramente biológico, pero si no dispusiera de la cultura seria un primate del mas bajo rango. La cultura acumula en si lo que se conserva, transmite y aprende; ella de por si implica normas y principios de adquisión; es decir; la cultura nos humaniza. A partir de lo anterior se determina el bucle cerebro-espíritu-cultura en la que relaciona que la cultura depende del cerebro y por lo tanto no hay espíritu; es decir la capacidad de conciencia y pensamiento, sin cultura. Al igual la mente es una desligamiento del cerebro que suscita la cultura, de la cual no existiría sin el cerebro. El otro bucle razón-afecto-impulso establece una relación complementaria y antagónica a su vez. La racionalidad es frágil, puede llegar a ser dominada, sumergida, incluso esclavizada por la afectividad o el impulso. Impulso que se sirve de esta racionalidad para organizar y justificar ciertos actos. El otro tipo de bucle es individuo-sociedad-especie establece que los individuos al provenir de un proceso reproductor de la especie y a su vez las interacciones entre los individuos producen la sociedad y deviene cultura que tiene un efecto sobre los individuos. Este bucle tiene una constante relación entre sus partes pero son la cultura y la sociedad las que permite la realización de los individuos y son estas interacciones las que permiten la perpetuación de la cultura y la auto-organización de la sociedad. De lo anterior se deduce que la complejidad de la especie humana tiene relación con los conjuntos de individuos y sus relaciones a nivel comunitario que generan sentido de pertenencia.

Al ser una especie histórica estamos ligados al legado anterior a nosotros. Cabe decir que el legado del siglo XX no es alentador en términos de progreso de la condición humana. Esta concatenada a dos barbaries: la primera viene de lo más remoto y trae consigo guerras, masacres, deportación y fanatismo. La segunda es glacial y anónima que viene de la ciencia en sí misma, de la interiorización de una razón pero que va de la mano con la muerte, de sus víctimas, de la atadura de nuestros sentimientos, de nuestras almas y a su vez se reproduce en forma de barbarie y esclavización mercantilista. Esta herencia calificada como armas nucleares y los nuevos peligros que nos aquejan a la especie humana. La primera está acompañada con el miedo y la incertidumbre por su causa ultima: el potencial auto-aniquilamiento que nos acompaña en todo momento. Pero existen otros peligros más silenciosos, algunos que no dependen de nuestra voluntad, otros están acompañados por la ignorancia, el interés económicos y nuestras ansias de poseer. El primero es las enfermedades que creíamos se encontraban en extinción pero resurgieron en forma de males incontrolables como el SIDA y bacterias farmacorresistentes. “Así pues, la muerte se introduce de nuevo con virulencia en nuestros cuerpos los cuales creíamos haber esterilizado” (Morín; 1999). El segundo es la muerte ecológica en la cual nuestro desarrollo técnico-industrial urbano degrada nuestras fuentes hídricas y alimentarias y amenazan con envenenar irremediablemente nuestro ambiente.

Por otro lado, la muerte de la modernidad nos conduce a la contradicción de la ciencia, a su ambivalencia, nuestra mentalidad y la enseñanza de la escuela nos ofrecen una visión de la ciencia prometedora y positiva pero nos equivocamos. La historia nos revela que la razón retrocedió, que el triunfo de la democracia es efímero y no se encuentra en ninguna parte; que el desarrollo industrial causa estragos culturales (un caso para mencionar la construcción de represas y minas en Colombia que obedecen a un interés económico de la oligarquía uribista pero sin medir las consecuencias del daño irreparable al medio ambiente y a las comunidades que habitan estos sitios) y poluciones mortíferas; hemos visto que la civilización del bienestar podía producir al mismo tiempo malestar. “Si la modernidad se define como fe incondicional en el progreso, en la técnica, en la ciencia y en el desarrollo económico, entonces esta modernidad está muerta”. Este es el origen del malestar de la sociedad.

Pero la sociedad humana en ciertas ocasiones da visos de luz hacia un verdadero cambio, hacia soluciones tangibles las cuales siempre están ligadas a la razón y por lo tanto a la educación. Esta esperanza de la nueva creación; la que nos identifica como verdaderos ciudadanos terrestres. Y la educación, que es esa transmisión de nuestra historia para permitir la apertura a lo novedoso, está en el deseo de cada uno de los individuos habitantes de esta planeta denominado Tierra. Se destacan como ejemplos históricos el aporte de las contracorrientes como la ecológica que se genero a partir de las degradaciones y el surgimiento de las catástrofes técnico-industriales. La contracorriente cualitativa que reacciono a la invasión de lo cuantitativo y a la uniformización generalizada. La contracorriente de resistencia, la de Lord Byron, la contracultura de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs, la latinoamericana, que a través de la vida prosaica puramente utilitaria, la del consumo estandarizado que se manifiesta con la búsqueda de una vida poética dedicada del amor, a la admiración, a la pasión y al festejo. La contracultura de emancipación con respecto de la tiranía omnipresente del dinero que se pretende contrarrestar con las relaciones humanas solidarias haciendo retroceder el reino del beneficio. La contracorriente liderada principalmente por Thoreau, Gandhi y Nehru como reacción al desencadenamiento de la violencia alimenta éticas de pacificación de las almas y de los espíritus.

Todas este tipo de contraculturas nos conducen al volver a los fragmentos dispersos de la humanidad y que provocan por la voluntad de asumir las identidades étnicas o nacionales, se pudiera profundizar y ampliar, sin negar dicho regreso a las raíces en el seno de la identidad humana de ciudadanos de la Tierra-Patria. Es llevar la política de lo humano a lo civilizador. De este tipo de influencias se debe en un futuro es no fragmentarlas como intenta el conocimiento actual sino buscar una transformación global uniéndolas. De otro lado se juega el papel contradictorio de las posibilidades encaminada hacia las fuerzas que ese ejercen entre la ciencia y la técnica con sus contrapartes la muerte y la esclavitud. Esta lucha se evidencia en el mundo actual constantemente como el desarrollo de la biotecnología en los productos transgénicos y el mejoramiento genético. Se debe tener cuidado con las inacabables fuentes de amor humano que a veces consagran mitos engañosos, ilusiones, falsas divinidades o petrificado de fetichismos. Pero de lo anteriormente expuesto, se deriva que todavía existen posibilidades cerebrales que el ser humano no ha explorado y que puede descubrir a través de la inteligencia, la comprensión y la creatividad. Y como las posibilidades cerebrales están conectadas a lo social se podría esperar un mejoramiento y transformación de las misma sociedad, de las relaciones entre humanos, individuos, grupos, etnias y naciones. “Lo que conlleva el peor peligro conlleva también las mejores esperanzas. Es la mente humana misma, y es por esto por lo que el problema de la reforma del pensamiento se ha vuelto vital” (Morín; 1999).

Por último; Morín identifica un aspecto importante en los seres humanos citado como identidad y conciencia terrenal. Esta concepción está ligada a la unión planetaria que necesita una conciencia y un sentido de pertenencia mutuo que nos ligue a nuestra amada Tierra, que debe ser considerada como primera y última Patria. Patria vista dentro de la identidad común, como relación afectiva debido a que somos producto de su desarrollo, convivimos con ella, con sus problemas y por lo tanto también estamos ligados a su destino. El autor lo refleja en este fragmento: “Por esto, es necesario aprender a “estar-ahí” en el Planeta. Aprender a estar-ahí quiere decir: aprender a vivir, compartir, a comunicarse y a comulgar; es aquello que solo aprendemos en y por las culturas singulares. Nos hace falta ahora aprender a ser, vivir, compartir, comunicar, divulgar también como humanos del planeta Tierra. No solamente de ser una cultura sino también se habitantes de la Tierra. Debemos dedicarnos no a dominar sino a acondicionar, mejorar y comprender”. (Morín; 1999).

Edgar Morin plantea ciertos aspectos que debemos tener en cuenta como la conciencia antropológica que reconoce nuestra unidad en nuestra diversidad, nuestra conciencia ecológica como la capacidad de hablar por todos los seres humanos, de reconocer nuestro lazos con la Tierra, la conciencia cívica terrenal que nos ofrece la responsabilidad y la solidaridad de los hijos de la Tierra y la conciencia espiritual como la condición que viene del ejercicio complejo del pensamiento y que nos permite a la vez criticarnos mutuamente, auto-criticarnos y comprendernos.

Es necesario ligar nuestro vínculos familiares, regionales y nacionales e integrarlas a nuestro universo. Debemos dejar nuestras supersticiones y esclavitudes (el caso del la aplicación occidentalizada hacia Oriente como el caso USA-Irak) y por el contrario, es poner en evidencia sus virtudes, expectativas, experiencias y sabidurías, con sus carencias e ignorancias. Es reencontrarnos con el pasado para afrontar el presente y el futuro. Dejar de un lado la apariencia de un Estado controlador y se debe buscar es unificarnos en conjuntos y respetar los conjuntos. Este mundo debe ser policentrico y acéntrico no solo en plano político sino cultural. Por ejemplo como seres occidentales entender los conocimientos del oriente. Dejar esas religiones que impiden nuestro crecimiento intelectual por su encerramiento en sí mismas e impregnarnos de la sabiduría de vivir unidos. Comprender la unidad, el mestizaje y la diversidad. Cada uno creando su identidad que permita la integración de otro tipo de identidades como la regional, familiar, nacional, filosófica, continental y terrenal. Es por ello necesario salvar nuestra unidad humana y nuestra diversidad humana. Es deber comprometerse con la obra esencial de la vida, de civilizar y solidarizar la Tierra, de transformar la especie humana en una verdadera humanidad, ya que de ello depende nuestra supervivencia. La conciencia de esta humanidad en esta era nos compromete con la solidaridad y la conmiseración del uno hacia el otro, de todos hacia todos. Tal como lo plantea Morin “la educación del futuro deberá aprender una ética de la comprensión planetaria”.

Esta reflexión parte del texto Los siete saberes necesarios para la educación del futuro de Edgar Morín publicado en octubre de 1999 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Escrito realizado por William A. Álvarez

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