REFLEXIONES SOBRE LA GESTION DE CALIDAD EN LA ESCUELA

Entre las resistencias y los avatares del trabajo por certificar la institución, como una escuela de calidad, surgieron algunas preguntas: ¿Qué significa esto? ¿Es simplemente un cumplir requisitos de ley, un medio para conseguir recursos, o una oportunidad para revisar el ser y el quehacer de la escuela? ¿Cómo aprovecharla?.

Tal vez si, comprendemos la política de calidad como una respuesta, al principio de mejoramiento continuo propio del ser humano que lo impulsa a ponerse en acción, a partir de un acto de conciencia en el que la persona individual o colectiva reconoce su realidad, su identidad, sus capacidades, sus potencialidades, y a la vez experimenta cierto malestar o insatisfacción con su estado actual, bien sea porque siente incomodidad o porque ve nuevas alternativas que pueden enriquecer el sentido de su existencia, la escuela pueda utilizar esta clave para emprender el camino hacia la calidad, no como una gestión institucional, sino como una opción de vida decidida en conciencia.

Dado que este principio de mejoramiento continuo, encuentra principalmente su fuerza en la capacidad de dar sentido a la vida y transformar la realidad, y se expresa en sueños y anhelos del corazón, siento que la exigencia de tener clara la visión y a misión institucional es un espacio para volver a soñar la escuela. De tal manera que al reconocer los problemas y dificultades se anhele la solución como expresión de la interioridad del ser, porque al ser humano, le es propio transformar el entorno para mejorar sus condiciones de vida.

A partir de esta idea, surge un ejercicio de reflexión, que despierta deseos de trascendencia, de crear imaginarios colectivos en donde sea posible establecer relaciones de vida llenas de sentido y coherencia que congreguen y responden a las inquietudes profundas del corazón humano y no a los intereses consumistas y deshumanizadores de la sociedad, una escuela que genere conciencia colectiva tan necesaria en nuestros días.

Sin embargo, es necesario estar atentos para que este ejercicio de calidad no se convierta en redundancia de palabras y en ellas, en un cúmulo de atafagos que de antaño vienen secuestrando el espíritu humano condicionándolo a la repetición carente de sentido, imponiendo metas de competencia y rivalidad, persiguiendo intereses de compraventa y clientelismo, sin importar el sentido propio de la escuela.

La idea de la calidad como factor que humaniza, implica volver a creer en la bondad del ser humano, en la posibilidad de establecer relaciones que saquen del egoísmo y lleven a los miembros de la comunidad educativa a comprender la íntima relación entre realización personal y realización comunitaria, porque somos una sola humanidad que vive, un todo que siente, una misma realidad que interactúa como organismo vivo, sentido que inquieta en la sociedad actual.

Es este paradigma que convierte el sueño individual en parte del sueño colectivo, y al colectivo en parte del individual; el que puede transformar nuestro quehacer diario en la escuela y nos lleve a pasar de una obligación supervisada, heterónoma, a un actuar con autonomía y libertad, de espacios abstractos futuristas, a espacios del presente donde se vive y se quiere estar, porque se construyen sueños colectivos, de pertenencia e identidad.

Así, como el principio de mejoramiento continuo propio de la gestión de calidad surge del interior de la persona y con él nos recuerda las motivaciones como fuente de vida, también dicha gestión ha recordado el principio de interacción e interdependencia central en el desarrollo del ser humano, volviendo la mirada a la escuela como la pequeña, gran sociedad que es, en sus procesos de relación y comunicación.

Tal vez el ejercicio de escribir la visión y la misión personal en contraste con los elementos institucionales nos permita sentir la sinergia propia de esta relación e identificar dónde y cómo mis sueños y proyectos se encuentran con los que propone la institución en la que me encuentro y así, valorar el aporte que cada quien hace para que los otros alcancen las metas propuestas, elaborar acuerdos que desarrollen las capacidades de todos, proponer modos de monitoreo – acompañamiento personal hasta formar hábitos, valores comunes, gestar una cultura tal, que propicie una manera diferente de relación, de ver y sentir al otro, en comunión y no desde la competencia y la rivalidad.

Un sistema de gestión que orienta la función de los directores y líderes a las personas, a estimular y apoyar, a retroalimentar en forma continua y flexible, a formar equipos de trabajo interesados por resolver problemas con creatividad, a establecer relaciones desde el respeto, el compromiso y la solidaridad, capaces de participar de los beneficios de manera equitativa y testimoniar lo tantas veces enseñado en la teoría.

Tal vez la importancia de esta reflexión, radica en comprender la calidad como factor que humaniza y construye comunidad, porque genera desacomodación intelectual en los miembros de una institución educativa, porque pregunta por la razón de ser personal y colectiva, por las maneras de relacionarnos y comunicarnos y evidencia la enfermedad que nos ataca: el individualismo, que no deja soñar, porque solo consume. Aunque presentar este enfoque suene un tanto utópico ante la presión de la economía, del corre, corre de las instituciones, de los intereses creados de manera individual y jerárquica; es una invitación a recuperar en la escuela la capacidad de soñar y actuar juntos para tener fuerza y pertinencia social.

Escritor: Claudia Mercedes Melo Molina

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