Supersticiones.

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 Casi nadie las tiene. Pero todo el mundo las conoce. Así son las supersticiones. Como un reality que no admitimos ver, aun sabiendo todo lo que en él ocurre. Las hay para todos los gustos: la del gato negro, la de la escalera, la del espejo…Es curioso que no haga falta decir: la de cruzarse con un gato negro, para saber de qué estamos hablando. Son tan bien sabidas que, quizá, podríamos llamarlas convicciones populares.

Como todas las creencias, las supersticiones forman parte de nuestra vida, sobre todo de quien las padece. Llegando, incluso, a condicionar el día a día de las personas. Haciendo que un simple paseo se convierta en toda una aventura, si, por ejemplo, encontramos, a mitad de camino, un operario de la red eléctrica reparando una avería, subido (por supuesto) a una escalera abierta que nos corta el paso. Sí, nos corta el paso, ya que ni nos planteamos pasar por debajo. Pero, por qué nos resulta tan incómodo confesar que no nos atrevemos a desafiar las leyes de la mala suerte.

Nos rendimos a esa especie de mitos que pueden destrozarnos el día, la semana entera o, quién sabe, si toda nuestra vida. Y es que, aunque nos duela la boca de decir que no, que nosotros no somos supersticiosos, no queremos comprobar qué podría ocurrir, o mejor dicho, qué podría ocurrirnos, si nos aventurásemos a explorar los senderos que viajan bajo las escaleras abiertas y las sales desparramadas. Es entonces, cuando entramos en el camino del por si acaso. Y decimos aquello de: No, si ya sé que no va a pasar nada, pero bueno, me curo en salud. Por si acaso. Y nos vemos a nosotros mismos, unas personas a las que todo eso les da igual, dando, si es necesario, saltos hacia atrás para “deshacer el maleficio”.

El desconocimiento, es un problema añadido a estos “golpes de suerte”. Si bien es cierto que son populares, la mayoría desconoce de dónde proceden. No todas las supersticiones están relacionadas con la mala suerte. Las hay, que por el contrario, de ocurrir, son buen augurio. Como apagar velas de un soplido. La mayoría son casi tan antiguas como la propia humanidad, descendiendo de Egipto o de la Grecia Clásica. Por ello, las supersticiones están en todas las culturas y en la vida diaria, tanto de creyentes como de escépticos.

Pero, ¿de qué tenemos miedo? Qué podría pasarnos, si realmente caminamos debajo de una escalera, si se nos cae la sal o si tenemos la (mala) suerte de cruzarnos con un gato negro. ¿Cambiaría nuestro destino? ¿Los planetas se alinearían y el cosmos empezaría a conspirar en nuestra contra? ¿Nos romperíamos una pierna? Podría ser. Todo eso, podría ser. No obstante, según la ley de la atracción, si piensas y visualizas de forma positiva, todo aquello que deseas y es bueno, se materializa. Sólo has de pensarlo y llegará. Consiste en creer en ello. En tener fe. A lo mejor, sería como un antídoto a las supersticiones. O simplemente, podría sustituirlas. Unas creencias por otras.

Tal vez, si en lugar de pensar en todo lo malo que podría pasarnos si hacemos esto o aquello, nos concentrásemos en el pensamiento positivo, ninguna escalera podría hacernos daño. Ni los pobres gatos. Ni la sal. Ni nada de nada. Igual que les pasa a los niños, que no ven el peligro. Y si, por casualidad, se cruzasen con un gato negro, lo último que pensarían es que tendrían mala suerte, porque ese gato sería una monada. Y si, por un capricho del destino, se les cayese la sal, sería un accidente. Y si tuvieran la mala pata de romper un espejo, sería otro accidente, uno más gordo, pero un accidente al fin y al cabo. Y si fuese martes trece, qué más da, todos los días valen para jugar. Qué bueno ser niño. Vivir ajeno a los peligros que a uno le deparan, si no dice Jesús o salud, tras un estornudo.

Mejor, no tentar a la suerte, y procurar no casarse nunca en una barca, ni embarcarse en una casa. Y, por supuesto, no cruzar gatos negros con escaleras abiertas, ni desparramar sales por mares rotos. Por si acaso.

Escritor: Estefanía Río

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