Una noche en casa de los abuelos

Regina era una niña de diez años que cada viernes por las tardes iba de visita a casa de sus abuelos, que vivían como a una hora de distancia de su casa. Saliendo de la escuela, su mamá pasaba por ella y se iban directamente a comer con ellos. La casa de los abuelos era muy vieja y grande, y tenía muchas habitaciones en las que Regina se podía entretener por horas. Le gustaba abrir cajones, y en ellos encontrar todo tipo de objetos raros e interesantes, como por ejemplo, un reloj de arena muy antiguo, o una brújula con la que solía jugar a los exploradores.

En una de las habitaciones de la casa había un Santo que años antes perteneció a una iglesia; ese cuarto en especial le producía miedo y emoción, ya que el Santo que se encontraba ahí tenía unos ojos brillantes que parecían reales, y que daban la sensación de estarla mirando todo el tiempo. Cada paso que Regina daba era seguido por los extraños ojos de aquélla figura de madera, que traía colgado en su cuello una especie de rosario negro. pero aún así, le despertaba cierta ansiedad el sentirse observada por aquellos ojos de canica brillosos.

Un día, los padres de Regina tuvieron que salir a provincia un fin de semana, por cuestiones de trabajo. Así que decidieron que su hija se quedaría en casa de sus abuelos desde el viernes, hasta el domingo por la noche. La niña estaba emocionada de quedarse con ellos, ya que su abuelita Carmen –en especial- la consentía mucho y le preparaba sus postres favoritos, la llevaba a pasear al parque, al cine, a la feria, y le contaba cuentos muy interesantes. A su abuelo le gustaba contar historias tenebrosas que Regina escuchaba muy atenta.

. La niña siempre quería que su abuelo le contara historias más y más macabras, ya que según ella, nada le daba miedo. ¡Abuelo!, esas historias ni dan miedo, ¡cuéntame algo de verdad tenebroso! El abuelo le contó una historia real que tenía que ver precisamente con el Santo que se encontraba en una de las habitaciones de arriba. Entonces comenzó diciendo que aquel muñeco, había sido la única pieza rescatada de una iglesia, que hace como sesenta años atrás se había incendiado, y que se encontraba precisamente en la misma calle que su casa.

Regina le dijo, ¡ay abuelo! y eso qué?, ¡no es nada tenebroso!…Su abuelo le contestó que a lo mejor no tenía nada de tenebroso ese incidente, pero que si había sido muy extraño que el Santo de los ojos brillantes hubiera sido la única pieza que se salvara de toda la iglesia, y que nadie se explica cómo, entre las cenizas y el montón de escombros que resultaron del incendio, resistió, sin rasguño alguno, el Santo de “San Francisco de Asís”. Lo especial es que el abuelo, que por cierto, se llamaba Pepe, lo encontró, y desde aquél día se lo llevó a su casa.

Ya era bastante noche y a Regina se le empezaban a cerrar los ojos de sueño. Sus abuelos encendieron la televisión, y en poco tiempo la niña se quedó completamente dormida. El abuelo la cargó con mucho cuidado, y la acomodó en la habitación que le habían preparado especialmente. Regina dormía plácidamente en su cama, cuando de pronto escuchó una voz que la llamaba. ….! Regina!……..!Regina. La niña al principio creyó que le hablaba su abuelo, ya que la voz que escuchaba era de hombre. Pero cuando nuevamente la escuchó, no logró distinguir a quién pertenecía. Se sentó y se frotó los ojos, y se dio cuenta de que el Santo se había bajado de la mesa de donde estaba colocado usualmente, y la observaba con sus ojos de canica.

Regina espantadísima, dio un grito de terror cuando la mano de aquél muñeco intentó tocarle la cara. Dio un salto de la cama al piso, y comenzó a correr por uno de los pasillos del piso de arriba. Mas fue su susto cuando se dio cuenta que a pesar de su prisa, sus pasos eran lentos. No podía avanzar de manera rápida, parecía como si sus piernas pesaran cincuenta kilos. Al mismo tiempo, el Santo, que no medía más de un metro de altura, la perseguía por el pasillo, con sus brazos estirados, con pasitos lentos que casi la alcanzaban, con sus ojos de canica parpadeando rápidamente, y diciendo…..Regina, no huyas……ven, quiero jugar contigo…..Regina!!! La niña, realmente horrorizada quiso gritarle a sus abuelos, pero por el miedo que sentía no lograba que saliera de su garganta ninguna palabra.

Parecía que se había quedado sin voz. El muñeco se aproximaba a ella; sus pequeños pasitos causaban horror y Regina cada vez más asustada y queriendo correr, tropezó de pronto con su propio camisón. El Santo se acercó a ella, y con una de sus pálidas manitas le tocó sus cabellos. Regina logró lanzar un fuerte grito de desesperación que retumbó en toda la casa.

Cerró los ojos y con los puños apretados comenzó a mover su cabeza de un lado a otro. De repente escuchó lejanamente la voz de su abuelita Carmen que le decía: mientras con sus manos calientes le tocaba su carita angustiada. La niña abrió los ojos y se dio cuenta de que todo había sido una pesadilla. Que se encontraba en el cuarto que más le gustaba estar, lleno de libros, juguetes y estrellas fluorescentes que brillaban en la noche.

Regina les narró cada detalle de su sueño, sintiendo todavía el nerviosismo y el miedo que vivió en aquéllos minutos que parecieron siglos. La abuela la invitó a que fueran juntas a la habitación donde estaba el Santo para que comprendiera que todo había sido una pesadilla y así se sintiera más tranquila. ……Efectivamente, ahí estaba la figura de madera….quieta como siempre, con sus ojos brillosos de canica……Regina lanzó un suspiro de tranquilidad, y salió de la habitación con su abuela. Como todavía estaba bastante oscuro y frío decidieron volver cada quien a su cama a descansar un poco más.

Su abuela la acompañó hasta su habitación, y cuando la niña empezaba a acurrucarse nuevamente entre las cobijas, metió una de sus manos bajo la almohada y sintió un objeto duro y frío. De repente la piel se le puso de gallina cuando notó que aquél objeto helado como témpano de hielo, era el rosario negro que pertenecía al Santo “San Francisco de Asís”.

Escritor:Angélica Ramírez Gurrusquieta

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