Variación Uno

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El hombre encuentra su realización espiritual en el arte, la ciencia y la mística. Lo hace porque reconoce su condición excelsa dentro del desarrollo de la especie y de la tierra; aunque ella y el universo hayan sido anteriores al humano, es él quien puede percibirlo, registrarlo y trascenderlo. El ser humano hace parte del todo y por la parte el todo, él debe procurar ser consciente de su relación armoniosa con el entorno, el medio y el ambiente, pues como ejemplo de vida, éste debe destacarse por aquello que lo hace bello, verdadero y valioso: las virtudes.

Pragmáticamente las virtudes siguen regulando la vida del humano, son fundamentales para hacer sólidas y duraderas las relaciones entre congéneres y en general, toda la organización social se basa en ellas para edificar su estructura y regularla, así pues, como ejes orgánicos resultan indispensables para lograr el ideal de sociedad, nación, comunidad y hombre que se pretenda. Aquí aparece otro elemento importante, pues las virtudes en su conjunto son el reflejo de aquello que reside internamente en quien orientó el sentido de la creación. Es entonces el ideal aquello que puede ostentar conjuntamente aquellas virtudes con las que un pueblo, un emporio o un ser humano se reconozca, es una identificación con aquello que se quiere llegar a ser, o sea que aún no es pero que se espera sea como realización máxima de aquello que está en proceso y en evolución.

Algunos aducen que el ideal es un artificio con el cual se elude la realidad y en el que sea ampara aquel que no es capaz de reconocerse en su condición más humana, ellos son partidarios del tipo de representación mental que concibe al ser humano como algo deplorable, limitado y retrógrado, incapaz de verlo trascendido y aceptando de antemano que es malo y perverso por naturaleza. No existe un solo elemento en la naturaleza que sea nocivo en su condición primigenia; es decir, que originado en el universo primeramente esté cargado denegadamente.

Bien sea en las plantas, los animales y los humanos, lo más malévolo de ellos, o bien se activa solo en caso de defensa propia o como alteración al encontrarse en contacto con el medio bajo unas condiciones particulares. Ninguna sociedad se ha erigido sobre las bases de la perfidia, así como en todas ellas persiste la representación de ideal como grado máximo de desarrollo de las mismas, e incluso si los fines fueran devastadores como en el caso de las guerras, ellas siempre se han amparado en ideales nacionalistas u otros arguellos comúnmente aceptados.

Por consiguiente, el ser humano no solo debe proliferar enunciados carentes de reciprocidad actancial y que no se soporten sustancialmente como efecto de un contenido más esencial; en este sentido, él ha de mostrar su condición hegemónica como ser humano en representación máxima del desarrollo y evolución de la especie a través de sus actos y de ser posible en correspondencia con su pensamiento, sentimiento y palabra. Ellos están impregnados de intenciones, motivaciones y expectativas y así mismo será consecuente el resultado. ¿Qué nombre recibe aquella práctica que regula nuestros actos por las virtudes?… La ética.

De esta manera ella debe impregnar las realizaciones más esplendorosas del ser humano, de ser así, en los acontecimiento humanos dotados éticamente, se presentaría una doble relación; la primera expresa que el humano al ser capaz de realizar sus actos virtuosamente, ostenta en sí mismo dicha riqueza inmaterial, pero que efectivamente, también ha de tener una retribución en esta dimensión de lo tangible; segundo, no basta solamente con que ostente la ética a través de sus actos, la proeza consiste en ser capaz de proyectarla en el arte, la ciencia y la mística, para lograr realizarse como ser y dignificar su condición humana. El deterioro de los seres humanos reside justamente en el aparente olvido de las virtudes y tanto en el arte como la ciencia, la promoción de conocimientos ignoran la responsabilidad social con sí mismos como especie y con la naturaleza, como ente que consiente la vida.

Es notable reconocer que la libertad, entendida como el bien más preciado que posee la humanidad, es algo aun tan abstracto e incompresible y en nombre de ella se ha degrado no solo el hombre, también el nombre y la tierra. El valor de la libertad reside justamente en el trabajo que nos ha procurado conquistarla, aunque paradójicamente han sido los humanos quienes fomentaron la sujeción de sus congéneres, olvidando la paz, la fraternidad y la dignidad. Todas estas virtudes junto la libertad misma son las riquezas más valuadas de la humanidad, pero ¿cómo puede explicarse el desconocimiento de la libertad?

Cada vez el ser humano ignora su condición dignificante como ser humano, esplendorosa por el ejercicio consciente de las virtudes, se ve sometido, cautivo de aquello que no es esencialmente. Hay ocasiones en las que voluntariamente nos sometemos a algo o a alguien, pero este comportamiento refleja temor e ignorancia al mismo tiempo; el temor puede estar asociado con la soledad, y la ignorancia con el conformismo.

Cada ser humano debiera procurar el conocimiento de sí mismo para descubrirse y complacerse en la presencia de cada uno, de esta manera, uno no estaría solo y muchos, aunque no siempre son compañía, harían más amena la existencia, para ello han de perfeccionase y eso solo se consigue mediante la adquisición o desarrollo y ejercicio de las virtudes, que además de meritorias, costosas, pues la ética es lo que más trabajo le exige al ser humano.

Luz Mery Berrío López